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Prensa
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Editorial 30 de abril de 2005
Lanzamiento
del Programa Nacional de Salud
Sexual
Hace
dos años y medio que la Argentina cuenta con una
ley de Salud Reproductiva, producto de una discusión
madura dentro de la sociedad sobre la necesidad de producir
herramientas de planificación familiar y procreación
responsable.
Sin embargo, hasta ayer, esos dos años y medio habían
sido un poco... abstractos. La ley existía, pero
su implementación dependía de la ratificación
en las legislaturas de la provincias y, antes que nada,
en el paso concreto: el acceso de la población a
métodos anticonceptivos.
Ayer, el gobierno nacional lanzó una campaña
para promover el uso de anticonceptivos y anunció
que durante este año se repartirán 10 millones
de preservativos, casi 6 millones de blisters con píldoras,
1 millón y medio de anticonceptivos inyectables y
450 mil dispositivos intrauterinos.
Nunca hasta ahora se había promovido desde el Estado
una campaña semejante de salud sexual, sin los preconceptos
morales y religiosos que suelen dominar estos temas, obnubilando
el verdadero objetivo. El de la salud pública.
Es en este sentido que la separación entre creencias
religiosas y políticas públicas de salud debe
consistir en una distinción clara para quienes tienen
la responsabilidad de fomentar estas iniciativas.
Ayer mismo el Episcopado de la Iglesia Católica salió
a criticar la campaña tildándola de "inútil"
y de "respuesta autoritaria". Hay que detenerse
en este último concepto y retrucar: el autoritarismo
tiene que ver con obligar a alguien a hacer algo y de lo
que se trata aquí es simplemente lo contrario; brindar
información y dejar hacer.
Entender a la promoción de la salud sexual y de la
procreación responsable como una política
de Estado es reconocerla, a la vez, como un derecho.
Brindar información en un país en el que la
mayoría de los adolescentes sabe muy poco de cómo
cuidarse de las enfermedades de transmisión sexual,
es cumplir un derecho. Brindar acceso a la salud es un derecho.
Quienes no reconocen ese derecho y, basándose en
sus creencias, intentan restringirlo a toda la sociedad,
son los verdaderos autoritarios que deberían confinar
sus sotanas a las paredes de los templos.
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