Prensa > Tengo Derecho > Editorial 22 de octubre de 2005

Por la tragedia de Magdalena, los poderes
del Estado deben asumir su responsabilidad


La muerte por asfixia de 33 presos que no fueron socorridos a tiempo en la Unidad 28 de Magdalena enfrenta a la provincia de Buenos Aires con el macabro fracaso de su política criminal y penitenciaria.

Múltiples han sido las advertencias de los organismos de Derechos Humanos en este sentido. Sin embargo, a pesar de que el propio gobierno reconoce la situación, las decisiones necesarias no se adoptaron.

Para el habitante de la cárcel, la muerte es un destino con alto grado de probabilidad. Son ellos, los 29 procesados y los 4 condenados muertos en el incendio en Magdalena -cifra que refleja las proporciones reales en las cárceles de la provincia- quienes han pagado con su vida el costo de los espasmos "manoduristas" de las mayorías legislativas.

Y cargan después de muertos con la irresponsabilidad de un Ministro de Justicia que les endilga la culpa de lo ocurrido.

Las personas privadas de su libertad, pobres casi en su totalidad como corresponde a un sistema penal selectivo, están en manos de una fuerza de seguridad, el Servicio Penitenciario Bonaerense, que durante la dictadura cívico militar actuó bajo la dependencia operacional directa del Primer Cuerpo de Ejército, jugando un importante rol en la represión de la lucha popular.

La frustración de los procesos penales en los años '80 impidió la investigación y consecuente depuración de los cuadros penitenciarios, que continúan actuando tal como lo hacían entonces, omnímodos frente a sus víctimas e impunes de sus delitos.

Es así que, como lo ha expresado la APDH La Plata en un comunicado esta semana, la dictadura sigue viva en las cárceles provinciales, con sus prácticas de muerte, violación, tortura y degradación.

Celdas cerradas con candado con presos cocinándose adentro por un incendio, bomberos que llegaron dos horas después y se encontraron con hidrantes que no tenían agua y penitenciarios que no asistían a nadie, salvo a su propio asombro, configuran un evidente cuadro de abandono de persona de los presos que provocó en muchos la muerte por asfixia.

Por la tragedia de Magdalena, cada uno de los poderes del Estado debe asumir su responsabilidad. Las muertes no pueden quedar impunes. Alguien tiene que hacerse responsable por lo que pasó y hacer lo imposible, para que no vuelva a ocurrir.

 

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