Prensa > Tengo Derecho > Editorial 13 de noviembre de 2004

La muerte de Yasser Arafat


La muerte de un líder carismático es de por sí un hecho trascendente. Más aún, cuando ese líder tiene poder, está en el poder y puede hacer algo por sus liderados.

Pero la muerte de Yasser Arafat, de la que todavía no se conocen mucho sus causas, plantea un escenario complejo e incierto en Medio Oriente. Y cualquier observador diría que los que pierden con esto son los más desprotegidos; es decir, el pueblo palestino.

Confinado hacía tres a años a no moverse de la ciudad de Ramallah, por decisión del Ejército israelí, Arafat dejó este mundo sin poder ver cumplido su sueño: el de un estado libre, Palestina, enclavado en a zona más sagrada del planeta para las tres religiones mayoritarias.

Nacido en El Cairo, aunque él siempre dijese que fue en Jerusalén, Arafat fue durante décadas líder de un movimiento que, con las armas o sin ellas, logró instalar el problema palestino en el mundo. El de un pueblo sometido en una tierra que considera propia.

Sobreviviente de varios exilios, de la lucha con los propios árabes por la causa Palestina, Arafat logró que las Naciones Unidas reconocieran el derecho de los palestinos a un Estado y un territorio. Y en los '90 logró crear ese Estado, la Autoridad Nacional Palestina, que lo tenía a él como presidente y contaba con ministros de todos los rubros, como si fuese un gobierno común.

Ahora, los que tanto lo combatieron, como el reelecto presidente Bush, vuelven a prometer la creación del estado palestino, que, de nacer, nacerá sin padre. Vaya a saber uno en qué condiciones podrán negociar y cómo será esa convulsionada región del mundo tras la muerte de Arafat.

Yasser Arafat era una figura internacional que representaba con su propio peso e historia al pueblo palestino, y su muerte deja un lugar vacío en esa representación. De los palestinos dependerá ahora conseguir a alguien que lo reemplace.

No será fácil, dado que la historia indica que en los pueblos pobres los líderes carismáticos son irremplazables. Sólo de los palestinos, y de ningún otro gobernante de medio oriente o del mundo, dependerá que esta historia se revierta.

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