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Editorial 8 de octubre de 2005
Los
marroquíes buscan un lugar en el mundo
Un
mundo cada vez más desigual y xenófobo es
el que nos muestran los terribles episodios de la ciudad
española y africana de Melilla, en la que cientos
de desaparrados luchan por entrar a Europa y poder así
cambiar su vida.
Una alambrado con púas y bordes como si fueran cuchillas
muy afiladas separa a España de Marruecos y opera
a la vez como el límite entre un mundo perdido y
un mundo soñado, entre un lugar donde el futuro es
el hambre y un lugar en donde se pueda pensar un porvenir
diferente.
Lamentable y llamativo también es que todo esto suceda
a pocos días de que se iniciara, 513 años
atrás, otro tipo de invasión. Mucho más
sencilla que de la que ahora acusan a los marroquíes,
ya que al llegar América los españoles no
se encontraron con alambres de púas ni guardias que
los reprimían y los dejaban abandonados al otro lado
de la frontera.
Es que en este mundo desigual, los pobres marroquíes
son equiparables a los "indios", como se los llamaba
entonces. Y en la Europa de hoy, parece no haber lugar para
indios, negros, asiáticos, eslavos y, digámoslo
también, latinoamericanos.
La Europa que hoy se vuelve expulsiva y retrógrada
no parece tener memoria de ser la misma que, por la hambruna
de las guerras del siglo XX, obligó a su propia población
a buscar en otros continentes un sustento y un modo de vida.
La cosa ahora es al revés, pero el problema es que
no sólo no se recibe a los inmigrantes. Se comete
además el atropello de humillarlos, de expulsarlos,
de reprimirlos y de, en una cuestionable medida por la que
la famosa comunidad internacional debería ponerse
en alerta, los dejan abandonados en el desierto, en la arenosa
frontera entre Marruecos y Argelia.
¿Qué mundo será el que consigan esos
hombres, mujeres y niños dejados a su propia suerte
en el desierto? Restará pensar en su propia supervivencia,
como si fueran animales. Ni ellos sabrán si algún
día podrán conseguir un lugar en el mundo.
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