Prensa > Tengo Derecho > Editorial 3 de septiembre de 2005

Arresto domiciliario para el represor Etchecolatz



Muchas veces, el Poder Judicial es difícil de entender. Es que, ante diferentes situaciones se resuelven cosas de manera tan desigual que uno se pregunta: ¿dónde está la famosa balanza?

Mientras quince personas permanecen detenidas por quemar la puerta de la Legislatura porteña el año pasado, a un empresario inescrupuloso acusado por 193 muertes en un boliche nocturno, le dan la excarcelación.

Mientras Romina Tejerina denuncia una violación que no se investiga, el presunto violador puede darse el lujo de denunciar al músico que le dedica una canción a la chica, condenada por la Vida y por la Justicia.

Mientras al cuádruple homicida Ricardo Barreda le niegan la prisión domiciliaria, esta semana tres jueces de la Cámara Federal de La Plata le otorgan el mismo beneficio al múltiple homicida, torturador y genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz.

Fue una decisión incomprensible, sino una maniobra destinada a dar un "mensaje", que sorprendió a más de uno: Etchecolatz, el condenado a 23 años de prisión, salía de la cárcel. El hombre con dos condenas en su contra y dos procesamientos por delitos graves.

Etchecolatz es un sujeto peligroso. Se dice que todavía conserva algo del poder que tenía en la época. Esto quiere decir que podría seguir dando instrucciones a sus ex subordinados y, algo absolutamente posible, obstruir las investigaciones de la Justicia.

Pero los jueces de la Cámara Federal Antonio Pacilio, Carlos Nogueira y Carlos Vallefín decidieron que, al tener 76 años, le correspondía la prisión domiciliaria. Así de simple. Y así de grave. Un hombre condenado, pero en su casa.

Para superar las desigualdades que indicábamos al comienzo de este editorial, la Justicia debe tener decisiones ecuánimes. Equilibradas.
Una democracia real, con garantías y con derechos cumplidos para todos, no se construye enviando mensajes contradictorios a la sociedad. Muchos jueces y fiscales deberían saberlo.

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