Graselli
insiste: La única información
me la daban los familiares
El
sacerdote explicó el tipo de anotaciones que realizaba en su
fichero. Volvió a decir que no brindaba información a los
familiares sobre el destino de los desaparecidos. Durán Sáenz
mandó un certificado médico y un ex detenido pidió que su causa
se convirtiera en penal.
Por Francisco Martínez y Lucas Miguel (Secretaría
de Prensa)
LA
PLATA.- Monseñor Emilio Graselli se mantuvo hoy ante la Cámara
Federal en la misma postura de su anterior declaración: que él
sólo recibía a los familiares de los desaparecidos y que no les
daba ningún dato sobre qué había pasado con ellos.
“No
había ninguna otra fuente de información” que no sean los
familiares, declaró Graselli, que durante la dictadura
se
desempeñaba como secretario del Vicariato Castrense de la Armada,
en la iglesia Stella Maris de Capital Federal.
Con
la información que proporcionaban los parientes de los
desaparecidos, el Vicario, monseñor Adolfo Tortolo, confeccionaba
listas de personas que entregaba a las Fuerzas Armadas y de
Seguridad. Según Graselli, en un solo caso pudo decirle a un
familiar qué había pasado con su ser querido, “alguien que
estaba detenido en la comisaría 3° de Lanús”, dijo, sin
recordar de quién se trataba.
Sin
embargo, varios testimonios indican que Graselli les daba por carta
o personalmente algún tipo de información a los familiares sobre
el destino de sus seres queridos. Esto vincularía al clérigo con
los jefes de la represión, y revelaría su rol de “mediador”
durante esa época, y no sólo de “receptor de denuncias”, como
él se presenta. Entre 1976 y 1978, monseñor Graselli confeccionó
un fichero con 2.500 nombres, que la Cámara secuestró en mayo de
1999, luego de su declaración.
Ante
una pregunta concreta del Tribunal, que encontró en una ficha
escrita por él que decía que un joven desaparecido estaba “muerto”,
Graselli respondió: “Si lo puse ahí, es porque habrá sido algo
público, habrá salido en un periódico”. Y agregó, más tarde:
“O por un liberado que me lo decía. Pero no se lo transmitía a
los familiares porque no tenía la certeza”.
Sobre
el envío de cartas a familiares, Monseñor Graselli dijo que “a
veces yo respondía cuando no venían por mucho tiempo”. Entre
esas respuestas, está la que el cura le dio al padre del entonces
detenido Horacio Matoso, quien contó que Graselli escribió
diciéndole a sus padres que “su hijo no se encuentra detenido en
ningún organismo militar o policial”. Matoso fue secuestrado en
octubre de 1976, pasó por el Destacamento de Arana y el centro “Puesto
Vasco”, y en diciembre fue “legalizado”. La carta de Graselli
está fechada en julio de 1977, cuando Matoso estaba detenido en la
Unidad 9 de La Plata.
Además,
Delia Beratz, hermana del desaparecido Rubén Abel Beratz, declaró
el 15 de diciembre de 1999 que Graselli les envió una carta en
donde el clérigo daba a entender “que no se lo buscara más, que
Rubén estaba muerto. Mi otro hermano la rompió, no se atrevió a
dársela a mis padres”.
Alba
Martino, madre de la desaparecida Graciela Pernas, dijo por su parte
que luego de hacerle una descripción física de su hija, Graselli
dijo que “me parece que la tiene el hombre de Avellaneda”. Hoy
ante la Cámara, el cura replicó: “Nunca escuché una expresión
así, no sé a qué se refiere”.
Elsa
Pavón también se entrevistó con Graselli, luego de que su hija,
su yerno y su nieta desaparecieran en Uruguay. Al declarar ante la
Cámara en julio de 1999, la mujer señaló que el clérigo le
contestó: “Bueno, señora, usted sabe cómo son estas cosas,
agarran un Hércules, entre gallos y medianoche, los traen y bueno,
cuando los traigan yo les voy a devolver a la nena, pero usted
olvídese de los padres”.
Consultado
por este dato, el secretario del vicario castrense dijo a los jueces
que “yo no sabía de ese procedimiento. Nunca pude haber dicho tal
cosa”.
Durante
la declaración de monseñor Graselli, la primera del año en el
Juicio por la Verdad, la Cámara le pidió precisiones sobre
diferentes anotaciones y códigos del fichero.
El
Tribunal encontró notas del tipo “N/S” y “N/D”, que el
sacerdote explicó que se referían a “no sabe” y “no detenido”.
También se halló otra caligrafía en las piezas del fichero, que
Graselli atribuyó a “algunos soldados a quien delegaba tareas”,
sin precisar nombres.
Duran
Sáenz está enfermo
En
tanto, el represor Pedro Alberto Durán Sáenz, denunciado como jefe
del centro clandestino “El Vesubio”, no se presentó a declarar,
aduciendo razones médicas.
Según
informó el juez Schiffrin, la esposa de Durán Sáenz trajo hoy a
la Cámara un certificado médico en donde se señala que el
represor padece una “lumbalgia aguda”, que requiere reposo en su
domicilio.
Por
ese motivo, Schiffrin señaló que el militar será citado
nuevamente para el miércoles que viene.
“Quiero
que mi causa sea penal”
En
la jornada de hoy también declaró el ex detenido Rufino Almeida,
quien junto a su esposa, Claudia Graciela Estevez, permaneció
secuestrado en el centro clandestino de detención “El Banco”
entre el 4 de junio y el 27 de julio de 1978.
Antes
de comenzar a relatar las circunstancias de su detención, Almeida
le dijo a los jueces que conocía “la verdad” de su caso y
explicó que el Juicio por la Verdad, entonces, no tendría que
revelarle ningún episodio oculto sobre el secuestro que sufrió
junto a su esposa. Por esto, pidió que su causa “sea instruida
como penal” y, en este sentido, aclaró que en “El Banco” los
represores “tenían capacidad de discernimiento. Los que actuaban
allí no actuaron en virtud de la Obediencia Debida”.
“En
el centro clandestino había una operatoria en contra del derecho de
gentes, contra convenciones que castigan los delitos contra
la humanidad”, agregó.
Almeida
aseguró que presentará por escrito “los fundamentos en contra de
las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, porque no son hábiles”,
y pidió al fiscal general Julio Amancio Piaggio que se haga cargo
de la acusación. En respuesta, el juez Leopoldo Schiffrin aclaró
que pedidos como el de anulación de las leyes de impunidad deben
pasar primero por un juzgado federal de primera instancia, pero, no
obstante, aclaró que la Cámara Federal dejará en
manos del fiscal Piaggio las denuncias de Almeida.
A
su turno, Piaggio, un tanto molesto, pidió que “quede claro que
el Ministerio Público va a cumplir con su función. Tengo 33 años
en esta función y estamos para hacer cumplir la ley”.
El
periplo de Almeida comenzó en 1977, cuando luego de una huelga de
obreros de la fábrica Alpargatas, donde ejercía como operario, un
grupo de tareas lo fue a buscar a su casa de San Isidro. Ese día no
pudieron secuestrarlo. Almeida, así, pasó “a la clandestinidad”
—tales fueron sus palabras— y se alojó en lo de sus suegros, en
La Plata.
Pero
la represión lo encontró: El 4 de junio de 1978 un grupo de ocho
civiles armados irrumpió a las 7.30 de la mañana en el
departamento de la calle 54 de esta capital y se lo llevó junto a
su esposa María Claudia Estevez. Entre los que participaron en el
secuestro estaba Juan Antonio del Cerro (a) “Colores”, hoy preso
por apropiación de una beba y —en virtud de la anulación de las
leyes de Obediencia Debida y Punto Final por parte del juez Gabriel
Cavallo— por la desaparición de José Liborio Poblete Roa y
Gertrudis Marta Hlaczik. También estaban en el grupo de
secuestradores Guillermo Minicucci, el comisario de la Policía
Federal Eduardo Tadei (a) “el padre”, Juan Carlos Falcón (a)
“Kung Fu” y otro represor apodado “Soler”.
El
matrimonio Almeida fue trasladado a su antigua casa de San Isidro,
que estaba habitada por otro grupo de tareas. La vivienda había
sido literalmente saqueada. “Lo único que quedaba era la
heladera, que según los vecinos no entraba en la camioneta Ford
Ranchero blanca en la que se llevaron todo”, relató el ex
detenido.
Después
los trasladaron a “El Banco”, ubicado en la intersección de la
avenida Richieri y el Camino de Cintura, en Buenos Aires. “Me
dijeron que no tenía más nombre, que ahora me llamaba G55 y que
los dueños de mi vida eran ellos”, relató Almeida.
En
“El Banco” sufrió la picana eléctrica, golpes y abusos junto a
su mujer y al resto de los detenidos. Poco antes de la primera
sesión de torturas, “Colores” se acercó y le dijo: “Acordate
de esta cara, que no te vas a olvidar”.
A
la lista de represores que participó del secuestro, se sumaron en
el centro clandestino Julio Simón (a) “El turco Julián” —hoy
en la misma situación que del Cerro en la causa que instruye
Cavallo—, Juan Carlos Avena (a) “Centeno”, un suboficial de la
Policía Federal de apellido Domínguez (a) “Facundo”, otro
represor de apellido Godoy, el comisario de la Policía Federal
Raúl González (a) “El negro”, Samuel Miara (a) “Cobani”,
Oscar Augusto Rolón y otros represores apodados “el jefe”, “angelito”,
“paco” y “polaco”. A esta nómina se suman también Raúl
Guglielminetti y el ex jefe del I Cuerpo de Ejército, Carlos
Guillermo Suárez Mason, quienes visitaban periódicamente el lugar
a modo de control.
Almeida
señaló que en el centro clandestino los detenidos estaban alojados
en celdas a las que habían dado en llamar “tubos”, en
referencia a su dimensión: “Un metro por dos”, describió. En
estos habitáculos estuvo junto a otros dos secuestrados. “Ellos
permanecían parados para que yo pudiera estar acostado”, indicó
Almeida. Uno de esos detenidos era Fernando López, quien según
relató el testigo “era muy flaco, pero ahí su cara era como la
de un gordo de 200 kilos porque se la habían inflado a trompadas”.
También
indicó que el represor Samuel Miara abusaba de las mujeres
detenidas, entre ellas su esposa, a quien “arrastró por el piso y
le arrancó parte del cuero cabelludo”. Almeida contó que por
estos hechos se quejó ante un médico militar, quien trasladó el
pedido en forma irónica a Miara. “Cobani”, entonces, tomó
represalias: “Así le voy a pegar a tu mujer hasta que nos diga
los que buscamos”, le gritó a Almeida, mientras le daba cadenazos
en la palma de sus manos.
Otro
de los episodios que quedó grabado a fuego en la mente del ex
detenido fue la jactancia de “Colores” de “haber inventado una
máquina a la que llamaban ‘susanita’, por Susana Giménez, que
aparecía en publicidades diciendo ‘shock’. Era una máquina
automática, que aplicaba la picana en forma intermitente”, contó
Almeida.
Siempre
según el relato del testigo, los represores conformaban con algunos
detenidos un grupo al que denominaban “consejo”. En este grupo
—aclaró Almeida— había personas sometidas a la servidumbre y
quienes colaboraban abiertamente con la represión.
Un
rato más tarde, el juez Schiffrin interrumpió el relato del
testigo para recordarle que el término “consejo” había sido
utilizado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial para
designar a los grupos de judíos que administraban los ghettos.
“Evidentemente, esta gente (por los represores) estaba
empapada con estos términos”, concluyó Schiffrin.
Almeida
y su mujer fueron liberados el 24 de julio de 1978, en la esquina de
13 y 32 de La Plata, donde los estaba esperando su padre. “Cobani
le dio la mano y le dijo que viviéramos tranquilos”, recordó el
ex detenido.
Pero
su padre había ido hasta allí porque Julio Simón lo había
secuestrado. Antes de liberar a Almeida, los represores pidieron una
cita al padre del detenido, que se concretó en uno de los ingresos
a esta ciudad. Allí lo secuestraron y lo llevaron a “El Banco”,
donde lo tuvieron detenido en una habitación contigua a la que
estaba siendo interrogado su hijo. Después de esto, también lo
llevaron a la esquina de 13 y 32, donde finalmente le entregaron a
Rufino y a su nuera María Claudia.
En
los años que siguieron a la liberación, el matrimonio sufrió la
persecución de “Colores” y “El turco Julián”, quienes
periódicamente se presentaban en su casa a cualquier hora para
controlarlos. También, los represores le dieron a Almeida un
teléfono para que todos los miércoles llamara y dejara constancia
de su permanencia en el país.
En
abril del ‘83, “Colores” le pidió que lo llamara a otro
teléfono. “Me atendieron en la Policía Federal, pregunté por
‘Colores’ y me dieron”, dijo Almeida, quien concluyó: “Fue
una época muy dura para nosotros. Este teléfono era como el timbre
del perro de Pavlov”.
Madre
También
prestó declaración testimonial Ema Prieto, madre del desaparecido
Osvaldo Busseto. La mujer contó que su hijo fue detenido durante un
operativo en 7 y 55, en el que resultó herido por disparos
efectuados por el comisario Luis Héctor Vides.
El
caso de Busseto ha sido reseñado ante la Cámara por otros ex
detenidos: Busseto fue llevado al Hospital Naval, donde lo operaron
insertándole dos clavos de platino en la pierna. Luego, lo llevaron
al Hospital Militar Central de Buenos Aires, y más tarde entró al
circuito de centros clandestinos. Su madre contó que por intermedio
de monseñor Callejas, se enteraron que “lo iban a juzgar junto a
250 oficiales, porque él hizo el servicio militar en la (escuela de
Policía Juan) Vucetich”.
Prieto
también relató que los días posteriores a la detención de su
hijo, un grupo de personas allanó el domicilio de ella en dos
oportunidades, y se llevaron objetos de valor.
La
mujer agregó que existe un testigo ocular del secuestro de Osvaldo,
cuyo nombre es Juan Magliaro. Y que supieron que estuvo detenido en
centros clandestinos de Arana, Quilmes y Bánfield.
También
dijo que el ex detenido Gustavo Calotti, quien compartió el
cautiverio con Busseto y luego se exilió en Francia, le contó por
carta que salió de la cárcel con el nombre y los documentos de su
hijo, a quien conocía por ser empleado de Policía.
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