“¿Ustedes van a hacer algo?”,
preguntó descreída una Madre
Berta Schultz, que
tiene a su hija desaparecida desde junio de 1977, realizó
incontables gestiones para dar con su paradero. Desconfió que la
Cámara, a veinte años, pueda averiguar algo.
Por Francisco Martínez, Vanina Wiman y Ximena Martínez (Secretaría de Prensa)
Schultz: le
dijeron que se llevaban a su hija
por "puro formalismo" (Foto:
FM)
LA
PLATA.- La madre de una desaparecida reseñó hoy la innumerable
cantidad de gestiones que realizó para dar con el paradero de su
hija, y le preguntó a los jueces de la Cámara Federal si podrán
hacer algo para saber qué pasó, después de veinte años.
“¿Ustedes van a hacer algo?”, se preguntó, descreída, Berta
Schultz de Steinberg, durante su testimonio por la desaparición de
su hija Ana María Steinberg y el novio de ésta, Luis Vicente
Dimattia. Antes había enumerado las cartas que envió a
prácticamente todos los funcionarios de la época: a los dictadores
Jorge Videla y Emilio Massera, al Jefe de la Policía provincial,
Ramón Camps, al comandante de Institutos Militares, Santiago
Riveros, a varios ministros nacionales, y al Papa Paulo VI.
Schultz dijo que “tiene que venir un juez de otro país” para
que los hechos se investiguen, cuando mencionó su declaración ante
el juez español Baltasar Garzón.
La mujer, de religión judía, señaló que incluso pensó en
hacerse católica, con el objeto de conseguir datos sobre la
desaparición: “Yo me decía: «Si hay un Ser supremo. . . yo
quiero tener a mi hija sentada a la mesa»”, recordó Schultz.
Agregó además que fue a la embajada de Israel y que no le
brindaron ayuda.
La testigo relató que Ana María Steinberg desapareció en la
madrugada del 15 de junio de 1977, de un local comercial que la
familia tenía en la calle 12 de esta capital. “Llegaron (los
represores) a mi casa y ella no estaba. Me exigieron la llave del
negocio para ir a buscarla”, manifestó la madre de la
desaparecida.
También dijo que los secuestradores se identificaron como
pertenecientes al Comando de Operaciones Tácticas y que estaban
vestidos de civil. Cuando les preguntó por qué se llevaban a su
hija, le respondieron que era por “puro formalismo”, y que
averiguaran en el Regimiento 7 de Infantería.
Ni bien terminó la noche, Schultz concurrió a ese lugar pero ahí
le dijeron que no sabían nada. Otra gestión fue hablar con un
capitán de la Marina de apellido Marti, amigo de la familia.
Schultz señaló que le pidió de rodillas a Marti que averiguase
algo por su hija. A los pocos días, el marino contestó: “Está
viva, pero no se puede hacer nada. Es un círculo cerrado”.
Días antes de la desaparición de Ana María Steinberg, había
pasado lo mismo con su novio, Luis Vicente Dimattia, que era
presidente del centro de estudiantes de la Facultad de Medicina.
Este joven fue secuestrado junto a otros compañeros (Néstor
Zaragoza y Juan José Riqueza, desaparecidos) el 9 de junio de 1977,
en un operativo que incluyó robos en la vivienda. “Se robaron la
heladera y hasta la carne”, relató Berta Schultz.
La testigo también recordó que Dimattia, por su papel en la
representación estudiantil, conocía al rector de la Universidad
durante la dictadura, Guillermo Gallo, quien “decía ser amigo de
él”. En una declaración de 1985, Gallo —que el año pasado
ante la Cámara admitió sus vínculos con el poder represivo—
negó conocer al estudiante.
Familia perseguida
En otro orden, Diana Pizá declaró sobre el secuestro de su hermana
Liliana, quien se encuentra desaparecida desde el 26 de abril de
1977. La testigo —que fue detenida a fines del gobierno de María
Estela Martínez de Perón y puesta a disposición del Poder
Ejecutivo Nacional hasta agosto de 1980— pudo reconstruir las
circunstancias de la detención ilegal de su hermana a partir del
relato de vecinos y familiares.
El padre de Diana, Pablo Pizá, también estuvo detenido en una
comisaría en Rawson, en donde fue torturado. “Le preguntaban por
su hija mayor, le decían que si les decía dónde estaba Liliana,
lo dejaban en libertad. Lo tenían de rehén”, manifestó la
testigo. Pizá fue liberado unos días antes de que Liliana fuera
secuestrada.
Tanto al padre como a la hermana de la desaparecida se les habían
iniciado causas federales que desembocaron en detenciones que se
extendieron por años: “Nos involucraban en hechos terroristas con
los que no teníamos nada que ver, que incluso habían pasado
durante el tiempo en que habíamos estado detenidos”, testimonió
Diana Pizá.
Al momento de su detención ilegal, Liliana Pizá vivía en La Plata
junto a su pareja, Alberto Paira, y la hija de ambos, Julia, de 5
meses de edad. “Mi hermana se comunicaba poco con nosotros, porque
tenía miedo de que la detuvieran, sabía que la estaban buscando”,
dijo Pizá.
El 26 de abril de 1977, Liliana dejó a su pequeña hija al cuidado
de su amiga Elba Ramírez, quien vivía con su marido, Arturo
Baibiene, y sus dos hijos en la calle 10 (Callao) número 2629, en
Berisso.
La testigo declaró que cuando Liliana fue a buscar a su hija, la
casa del matrimonio Baibiene ya estaba tomada por fuerzas de
seguridad. Diana Pizá contó que “los vecinos dijeron que durante
la mañana había habido un enfrentamiento, en el cual habían
matado a Alberto Paira y a Arturo Baibiene”.
El cuerpo de Paira fue recuperado por su familia con la condición
de que firmaran un acta de defunción en la que decía que el
cadáver no había podido ser identificado, a pesar de que fue
reconocido por miembros de la familia. Alberto Paira está enterrado
en Santa Fé como NN.
El mismo día que fueron asesinados Paira y Baibiene, secuestraron a
Liliana y a Elba. “A los tres chicos, los dos de Baibiene y mi
sobrina Julia, los dejaron por unas horas en lo de un vecino, y
creemos que después pasaron por una comisaría y por la Casa Cuna”,
señaló Diana Pizá.
El 29 de abril, tres días después del secuestro, el diario La
Nación publicó un artículo que informaba sobre un procedimiento
realizado en Berisso, y daba una nómina de los detenidos: “En la
lista figuraba alguien de apodo ‘La Negra’, y así le decían a
Liliana”, aseguró la hermana de la desaparecida.
La testigo recordó que, estando detenida en el penal de Villa
Devoto, conoció a Patricia Rolli, quien había estado secuestrada
en centros clandestinos de La Plata. “Me dijo que había estado
con Liliana en La Cacha”, afirmó Pizá.
Diana Pizá manifestó que en el marco de las causas que le
iniciaron a ella y a su padre, se produjo la declaración de un
marino de apellido Soulé. “Su testimonio sirvió para
perjudicarme, y además él se comunicó con mi familia y les dijo
que los estaba vigilando”, contó Diana Pizá.
Liliana Pizá fue vista con vida por María Elvira Luis, quien
estuvo detenida con ella en La Cacha. “Ella me dijo que una vez a
Liliana se la llevaron, y la trajeron de vuelta al poco tiempo, y
que creía que había estado en «La Escuelita» de Bahía Blanca”,
dijo la testigo.
La familia de la desaparecida realizó gestiones ante autoridades
judiciales y militares para conseguir información sobre su
paradero. Pablo Pizá escribió un libro titulado “Liliana
¿dónde estás?”, donde relata las circunstancias del secuestro
de su hija y de la incesante búsqueda que su familia lleva a cabo
desde entonces.
Volvieron los policías
Luego de tres miércoles sin declaraciones del personal policial que
prestó servicios en la comisaría 5º, las audiencias de hoy
contaron con el testimonio de dos policías: Jorge Luis Tejerina y
Ramón Juan Rodas. Ambos adhirieron a la tesis del “área
restringida” que impedía el acceso al sector del centro
clandestino.
Tejerina ingresó a la seccional policial a principios de 1977 con
el grado de oficial ayudante. El policía no ofreció mucha
precisión en sus declaraciones, que estuvieron sesgadas por un
constante “no me acuerdo exactamente”. Y expresó que la
comisaría no recibía detenidos por orden de una disposición
superior.
En concordancia con otros testimonios, manifestó que su accionar se
limitaba a lo que le ordenaban. “Por entonces no era conveniente
preguntar”, declaró. “Se daban órdenes muy dictatoriales, muy
verticalistas”, agregó.
El policía negó en un primer momento la existencia de detenidos
ilegales, pero tras las preguntas terminó admitiéndolo.
Tras una audiencia carente de precisión, el Tribunal dispuso
confrontar su testimonio con el de los policías Piazza, Gervasio,
Millar, Romero, Flores y Orellana, quienes también se desempeñaron
en la 5º durante aquel período.
La misma confrontación se realizó durante el testimonio del
policía Ramón Rodas, quien a pesar de trabajar en la comisaría
5° desde febrero de 1976, no aportó datos significativos.
Sin embargo, Rodas dijo que los efectivos serían pasibles de “una
sanción de arresto por cuatro días” de haber entrado al “área
restringida”, un dato nuevo hasta el momento. Señaló que estaba
“prohibidísimo” entrar a la cocina de la dependencia, si bien
varios policías ya declararon que esto no era así.