“El Ejército
argentino es el único que secuestró a sus propios soldados”
Un testigo afirmó que su
hermano desapareció mientras hacía el servicio militar pero que el
Ejército le inició un sumario por deserción. También declararon
la madre de una joven desaparecida, dos ex detenidos y dos ex
fotógrafos policiales.
Por Vanina Wiman, Ximena Martínez y Francisco Martínez
(Secretaría de Prensa)
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González Frígoli: el
capitán Nápoli es la persona que mandó a mi hermano
a la muerte (Foto: FM)
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LA PLATA.- El
hermano de Hernán Claudio González Frígoli, un soldado conscripto
desaparecido, declaró hoy ante la Cámara que, aunque figura como
desertor, el joven fue secuestrado cuando cumplía con una comisión
encargada por un superior directo.
Fernando Ángel González Frígoli aseguró que su hermano Claudio
desapareció el 10 de marzo de 1977, mientras cumplía el servicio
militar en el Batallón de Arsenales 101, en Villa Martelli, desde
abril de 1976.
La familia del conscripto se enteró de que estaba desaparecido
cuando otro soldado, Alberto Emilio Fernández, se acercó a su casa
y les dijo que le había sido ordenado informarles que si Claudio no
se presentaba en la unidad militar, se le iniciaría un sumario por
deserción. “Nos sorprendió mucho, porque nosotros pensábamos
que estaba ahí adentro”, expresó el testigo.
El padre del desaparecido se
dirigió al Batallón y mantuvo una conversación con el jefe del
regimiento, el mayor Carlos Monteverdi. “Él lo atendió muy bien,
pero le dijo que no sabía nada de Claudio”, dijo Fernando.
No obstante, el militar le informó
que el capitán Roberto Martín Napoli, superior inmediato del
joven, lo había enviado “en comisión” al Instituto
Antirrábico. Claudio salió del cuartel pero nunca llegó a
destino. “Por lo que sabemos, a las dos cuadras lo interceptaron y
lo subieron a un vehículo; nunca supimos a ciencia cierta qué le
pasó y dónde están sus restos”, manifestó el hermano del
desaparecido.
“Yo creo que Nápoli es la
persona que lo mandó a la muerte; era uno de los encargados de la
Inteligencia del Batallón. Tiene que haber sido una pieza vital en
el secuestro, desaparición y muerte de mi hermano”, agregó.
Durante esa misma visita al
regimiento, el padre de Claudio habló con algunos de sus
compañeros conscriptos: “Le señalaron un auto que estaba
estacionado allí, y le dijeron que en ese vehículo habría sido
‘levantado’ mi hermano”, dijo el testigo.
“Un amigo de papá fue al
Arzobispado de La Plata y se entrevistó con Monseñor Antonio
Plaza; le dijo que nos quedáramos tranquilos, que Claudio estaba
bien”, relató González Frígoli, y añadió: “Lo mismo afirmó
alguien que, por teléfono, nos dijo que un ex detenido en una
unidad militar lo había visto y que estaba bien, que iba a salir”.
Sin embargo, un coronel de apellido
Tabernero, a través de un contacto indirecto, le hizo saber a la
familia González Frígoli que “la vida de Claudio corría serio
peligro”, según indicó Fernando.
El hermano del desaparecido
comentó en su testimonio que el caso de su hermano figura en el
libro “El escuadrón perdido”, del ex capitán del Ejército
José Luis D´Andrea Mohr. “Como dice el libro, el Ejército
argentino es el único en el mundo que secuestró a sus propios
soldados”, expresó
Y concluyó: “Quiero dejarlo
claro: Claudio no desertó, como dice el Ejército. A él lo
secuestraron, seguramente lo torturaron, y lo mataron”.
Madre de una desaparecida
Por otra parte, Aída Bogo de Sarti
declaró por la desaparición de su hija, Beatriz Cristina Sarti,
ocurrida el 17 de mayo de 1977 en su domicilio en Lanús este. La
testigo —quien es miembro de la Asociación Madres de Plaza de
Mayo Línea Fundadora— relató también que un año antes del
secuestro de su hija la familia sufrió tres violentos allanamientos
ilegales en su casa por parte de las fuerzas de seguridad.
El primero de estos allanamientos
tuvo lugar en la primer semana de abril de 1976, unos días después
del golpe militar. Un grupo de 30 hombres armados llegó a la casa
de la familia Sarti, en donde se encontraban Aída, su marido y una
de sus hijas. “Entraron disfrazados y con vinchas y eran muy
bruscos y violentos; parecían salidos de la cárcel”, señaló la
testigo.
“Nos decían que nos iban a matar
si no les decíamos dónde estaba mi otra hija, pero nosotros no
sabíamos”, contó la madre de la desaparecida, y agregó que “se
robaron desde cámaras fotográficas y cosas de oro, hasta
detergente”.
Durante ese allanamiento, los
hombres —comandados por un superior al que llamaban “el Jefe”—
trajeron a un joven para que Bogo de Sarti lo reconociera: “Estaba
muy golpeado y lastimado, pero había estado alguna vez en casa; se
llamaba Rafael, pero tuve el impulso de decir que no lo conocía, y
se lo volvieron a llevar”, indicó la testigo.
Un mes después se produjo un
segundo operativo en el domicilio de los Sarti, aunque esta vez
ningún miembro de la familia se encontraba allí. “En esa segunda
vez no robaron nada porque no había quedado nada; pero rompieron
todo, hasta las ventanas y las puertas”.
A los 20 días, se produjo la
tercer y última “visita”: “Vino una comisión policial;
estaban de civil pero se presentaron como de la Policía Federal.
Pusieron sus armas sobre la mesa y le preguntaron a mi marido si
había hecho alguna denuncia”, manifestó la testigo, y recordó
que de inmediato le avisó a su hija Beatriz que se escondiera.
“No la vimos mucho en los meses
siguientes; ni siquiera sabíamos donde vivía”, dijo Bogo de
Sarti, y añadió: “No la pasamos muy bien en ese tiempo, todos
éramos constantemente seguidos y vigilados”.
En mayo del año siguiente, la
familia se enteró que Beatriz había sido secuestrada. “Nos
contaron los familiares de su novio, Ángel Arias, que en la
madrugada del 17 hubo un operativo en el departamento en donde
vivían los dos, que había habido un tiroteo y los chicos habían
desaparecido”, expresó la testigo, y agregó que, cuando visitó
el lugar, vio los orificios de bala en las paredes y las puertas.
Los vecinos de la pareja
secuestrada comentaron que había manchas de sangre en el piso, y
que oyeron a Beatriz gritar: “Todo hace pensar que a Ángel lo
mataron en el momento, porque no se lo sentía. A ella sí, la
escucharon llamándolo a él”, contó la testigo.
En una comisaría de Quilmes, un
oficial le dijo a Bogo de Sarti que “habían pasado el nombre de
Beatriz por la radio policial, pero que no sabían nada más de ella”.
La madre de la desaparecida se
dirigió al Regimiento 7 para obtener datos del paradero de su hija:
“Fui cerca de octubre del ’77, y me mostraron un registro de
detenidos en donde figuraban tres Cristinas, detenidas el 17 de
mayo, pero los apellidos estaban borroneados. Igual, coincidían el
nombre compuesto (Beatriz Cristina) y la fecha”. En esa
dependencia, le dijeron que probablemente su hija había sido
llevada al penal de Devoto.
Sin embargo, el año pasado Aída
Bogo de Sarti se acercó al Instituto Antropológico para hacerse
exámenes de ADN para formar un banco de datos. Allí, le dijeron
que “desde el 12 de mayo de 1977 en adelante, había habido en la
zona un exterminio del ERP” —organización en la que militaba
Beatriz— y que en esa serie de procedimientos “llevaban a las
chicas a (el centro clandestino de detención) El Olimpo, y a los
varones a Campo de Mayo”.
La testigo señaló en su
testimonio que se entrevistó con Monseñor Emilio Graselli para
tratar de obtener información sobre el destino de su hija: “Ya
cuando entré me di cuenta de que de ahí no salía nada”,
expresó.
El caso de la desaparición de
Beatriz Cristina Sarti figura entre los denunciados ante el juez
Baltasar Garzón, en el juicio que se lleva en España contra
represores argentinos por genocidio y terrorismo de Estado.
Ex detenidos
En tanto, también prestó
testimonio el ex detenido Gabriel Oscar Marotta, quien declaró por
primera vez ante un Tribunal las circunstancias de su secuestro
durante la última dictadura militar.
Según su relato, Marotta trabajaba
en Astilleros La Plata cuando fue amenazado de muerte por su
militancia dentro del gremio, motivo que lo llevó a trasladarse a
Buenos Aires, en donde ingresó en una fábrica de Lomas del
Mirador.
El 26 de marzo de 1976, dos días
después que asumió la Junta Militar, la comisión interna de la
fábrica fue intervenida y Marotta se trasladó nuevamente a la
ciudad de La Plata. Sin embargo, el 29 de abril del mismo año en
momentos en que se subía a un auto prestado por un amigo, fue
detenido por policías que lo obligaron a dirigirse a la Comisaría
5° escoltado por un automóvil policial.
En la intersección de las calles
13 y 71, Marotta fue interceptado por otro móvil policial y ambos
vehículos hicieron fuego cruzado. El testigo recibió varios
disparos que lo hirieron gravemente. “Intenté escaparme, pero me
desmayé y desperté en el Policlínico San Martín, donde quedé
internado con custodia”, declaró.
Según su testimonio, luego fue
trasladado al hospital de Olmos, donde le permitían recibir
visitas. Después fue llevado a Infantería (1 y 60), a la Unidad
N° 9 de La Plata y a un centro de detención que más
adelante pudo identificar como “El Vesubio”. Además de estos
traslados, durante el tiempo de su detención Marotta fue
constantemente movido de lugar a lugar, interrogado y torturado
hasta ser puesto en libertad.
Otro ex detenido que declaró hoy
fue Miguel Iademarco, quien contó que fue secuestrado a fines de
enero de 1977, días después que un grupo de uniformados fuera a su
casa de Ringuelet a buscarlo y no lo encontrara.
Iademarco señaló que su
detención ilegal se produjo en su lugar de trabajo, en un taller en
13 entre 46 y 47, y que fue llevado en un primer momento a la
Brigada de Investigaciones.
Al día siguiente lo trasladaron al
Destacamento de Arana, en donde fue torturado. “Me preguntaban por
nombres que no conocía y me hacían juegos, como preguntarme si me
había acostado con tal persona”, afirmó el ex detenido y
agregó: “Con la tortura terminaba por admitirlo, y después
venía otro represor a quien le decían: ‘Este se acostó con tu
mujer’”.
El testigo contó que en el
Destacamento “por la noche” solía olerse a neumático quemado,
reafirmando la hipótesis que estuvo presente en los últimos meses
en el Juicio: que allí se quemaran cadáveres de víctimas de la
represión ilegal.
En ese centro clandestino,
Iademarco estuvo poco más de un mes, y luego fue llevado a la
comisaría 5°, de donde lo liberaron el 25 ó 26 de abril de 1977.
Fotógrafos de Policía
Los últimos testigos del año del
“Juicio por la Verdad” fueron dos ex fotógrafos de la Policía
Provincial, que la Cámara citó para que cuenten su desempeño
durante la última dictadura.
Héctor Raúl Spósito dijo que
entre los años 1976 y 1979 trabajó en la “sección Fotografía”
del Departamento Central de Policía. Y que entre su tarea estaba el
de sacar fotos de cadáveres en la morgue.
El testigo manifestó que no
recordaba cómo se hacía para identificar a los cuerpos a la hora
de registrarlos. Entonces, el juez Durán le dijo que el Tribunal
tenía fotos sacadas por él en la que los cuerpos aparecían con un
número visible, y Spósito insistió: “No recuerdo”. “Los
números son más grandes que el cadáver”, llegó a murmurar
Durán.
Cuando los jueces le preguntaron si
alguna vez fotografió a cuerpos de víctimas de “enfrentamientos”
con las Fuerzas de Seguridad, Spósito señaló que no sabía si
esas personas habían muertos por esos motivos: “Sácabamos a
muertos, pero no sabíamos de qué se trataba”
El Tribunal insistió
reiteradamente sobre este punto, ya que la sola aparición de
cadáveres en la vía pública “no es un hecho común”, pero el
ex fotógrafo se mantuvo en su negativa: “No nos informaban qué
habían hecho”.
Tampoco recordó Spósito haber
sacado fotos de tumbas NN, aunque sí admitió haber trabajado en el
cementerio.
El ex fotógrafo comentó durante
su testimonio que esta mañana, antes de venir a declarar, su mujer
auguró que “ojalá sirva para esclarecer”. Los jueces le
dijeron a Spósito que sus dichos “no aclararon nada”, y hasta
llegaron a preguntarle si sabía que en La Plata hubo desaparecidos.
Por su parte, Rubén Pece, también
ex fotógrafo policial, dijo haber trabajado en la Dirección de
Sanidad de la Policía en los primeros años de la dictadura.
También señaló que en esa época no se enteró que existiesen en
La Plata centros clandestinos de detención.
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