Comisaría 5°: Un policía no sabía que
funcionó un centro clandestino
Trabajó
en la dependencia de 1975 a 1982 y sostuvo ante la Cámara Federal que nunca vio
ni escuchó que allí las fuerzas de seguridad mantuvieran secuestrados a
detenidos-desaparecidos. Un juez le recomendó que pase por la seccional y lea
la placa que recuerda al campo de concentración.
Por Lucas Miguel y Vanina Wiman (Secretaría de Prensa)
LA PLATA.- Un policía que se desempeñó durante casi toda la dictadura en la comisaría 5° de esta capital, donde está probado que funcionó un centro clandestino de detención, negó saber que allí las fuerzas de seguridad alojaron detenidos ilegales y no recordó las irregularidades en el funcionamiento que tuvo la dependencia durante el régimen de facto.
El hoy suboficial principal Pedro Raúl Muñoz ingresó como aspirante en la comisaría 5° el 30 de octubre de 1975 y permaneció hasta 1981 u 82, según declaró. El policía sostuvo que, como aspirante, le estuvo vedado el ingreso a los fondos de la seccional, pero que cuando realizó el curso de agente, a principios de 1976, ya lo podía hacer.
Se estima que el centro clandestino de la 5° comenzó a funcionar a mediados de este año, con la llegada del comisario Osvaldo Sertorio. Pero para Muñoz no hubo tal situación ilegal, ya que —dijo— “todos los detenidos eran por delitos penales”. En este orden, señaló que nunca vio militares “porque estaba poco” dentro de la dependencia, debido a que “cuando volví del curso de agente, me dieron para hacer citaciones”. De esta manera, Muñoz quiso desvincularse de lo que ocurría dentro de la 5° porque el trabajo del citador se realiza la mayor parte del tiempo en la calle, fuera de la seccional.
—¿Nunca vio detenidos vendados ni encapuchados?- insistió el juez Antonio Pacilio.
—No.
—¿No escuchó gritos o quejidos?
— No escuché nada porque todo el tiempo estaba haciendo citaciones— reiteró Muñoz, quien también sostuvo que “nunca me comentaron nada de movimientos irregulares” dentro de la 5°.
Muñoz señaló que en el “poco tiempo” que estaba en la dependencia cumplía funciones en la oficina de expedientes, desde donde se divisa el patio a través de una ventana. Según otros policías, en el patio un grupo de tareas bajaba a los detenidos ilegales para luego depositarlos en las celdas del fondo.
El testigo dijo que las ventanas de la oficina estaban cerradas de modo que no pudiera observarse el patio, y que en una puerta había un cartel con la leyenda “área restringida”, que vedaba el paso hacia allí. No obstante, indicó que en algunas oportunidades, después de solicitar permiso a un superior, concurrió a la cocina y a la peluquería, contiguas a las celdas donde estaban alojados los detenidos ilegales. Y ante nuevas preguntas, dirigidas a determinar su conocimiento del centro clandestino, contestó que nunca vio “nada raro”.
—¿No le llamó la atención que el fondo estuviese vedado?- preguntó otra vez Pacilio.
— No, para nada. Era muy estricto, no podíamos preguntar qué pasaba- se justificó Muñoz.
El ex policía colmó la paciencia de los jueces cuando sostuvo que no recordaba el nombre de ninguno de sus comisarios ni de sus compañeros, al cabo de siete años de trabajo en el mismo lugar. Sólo recordó al comisario Fernando Polonio Muñoz, “porque tiene el mismo apellido que yo” y a “un tal Orellana” que trabajaba con él en la oficina de expedientes. Se trata de Alfredo José Orellana, el primer policía de la 5° que en el Juicio por la Verdad reconoció la existencia de detenidos ilegales y que en la dependencia sucedían cosas “aberrantes”. En su declaración del 5 de abril pasado, Orellana sostuvo, entre otras cosas, que "de día llegaba gente que no conocíamos en vehículos particulares. Llamaban la atención porque bajaban agresivos, armados hasta los dientes, como si fueran los dueños", en referencia a los grupos de tareas.
Sin embargo, hoy Muñoz afirmó que no se dio por enterado de esta situación y aseguró que no sabe que allí funcionó un centro clandestino.
—¿Usted pasa seguido por la comisaría 5°?- le preguntó molesto el juez Pacilio.
-—Sí, por la calle.
—¿Vio que hay una plaqueta en la puerta?- siguió el magistrado, en referencia a la placa de bronce que recuerda la existencia de un centro clandestino en el lugar durante la última dictadura.
—Sí...
—¿La leyó?
—...No.
—Bueno, le recomiendo que la lea, así se ilustra de lo que ocurrió allí.
En este contexto, el juez Julio Reboredo le explicó al testigo que “la falsedad de testimonio también abarca la omisión”, y le señaló un “error” de su declaración. Reboredo advirtió que el policía dijo que en 1976 tenía 18 años, cosa matemáticamente imposible teniendo en cuenta que Muñoz nació en 1956.
Más tarde, el fiscal general, Julio Piaggio, indicó que había una contradicción entre el testigo y el peluquero de la seccional, Oscar Saldaña —también policía—, quien declaró el 13 de septiembre pasado en este juicio. Saldaña había afirmado que atendió a los oficiales en el despacho del subcomisario y no en el fondo de la dependencia, como dijo hoy Muñoz. Además, el peluquera había descripto en su declaración la situación irregular de la dependencia.
A pesar de las negaciones y las evidentes contradicciones el tribunal no denunció por falso testimonio al policía, como sí lo hizo en otras oportunidades con efectivos que se comportaron de igual forma que Muñoz en sus testimonios.
“Queremos que olvide todo esto”
Por otro lado, declaró Normando Moreno, un ex detenido-desaparecido que estuvo secuestrado durante casi 50 días, entre la primera quincena de agosto y fines de septiembre de 1977.
Moreno era socio de la firma NP Moreno y Cía. de esta ciudad y había sido presidente de la Confederación Económica de la Provincia de Buenos Aires y vicepresidente de la Cámara de Comercio platense.
A principios de agosto, un grupo de cuatro personas “uniformadas de celeste o gris y con armas largas” irrumpió en su comercio y se lo llevó invocando “órdenes superiores”.
“Me golpearon, me taparon con una manta y no vi nada más”, describió Moreno, de 76 años, ante los jueces Reboredo y Pacilio. Lo trasladaron a “una dependencia policial de la calle 55”, según pudo saber, y lo introdujeron en “un cubículo de hierro, donde me sentaron y ataron a una silla”.
Al cabo de unas horas, el periplo continuó en el Destacamento policial de Arana, sede de un centro clandestino de detención, donde estuvo hasta el día de su liberación. En este lugar compartió el cautiverio con Héctor Mel, Ramón Miralles, Pedro Goin, Horacio Balud, Juan Gramano y un dirigente gremial de apellido Minguito.
Moreno afirmó que en Arana oyó “quejidos de maltratos y, en alguna oportunidad, gritos de mujeres”. En este sentido, contó que conoció a una detenida en un “avanzado estado de embarazo”, a quien —relató— ayudó a ir al baño. “Era rubia, de unos 30 años”, recordó. “Fue un solo caso (de embarazo) que vi, pero se decía que había varios”, agregó.
En Arana, Moreno sufrió la tortura con picana, atado a un colchón mojado, y escuchó disparos “en dos o tres oportunidades. Alguien dijo que eran simulacros de fusilamiento”.
El final del calvario llegó a fines de septiembre, cuando fue trasladado a la Jefatura de Policía, donde antes de liberarlo, un jefe policial le sugirió: “Vuelva usted a sus tareas, a su cooperadora, al club y queremos que se olvide de esto”. De esta manera, el efectivo le hizo saber que la fuerza conocía sus actividades privadas en una cooperadora y en el Club Universitario de La Plata, y, en el mismo acto, le pidió disculpas por la situación a la que lo habían sometido. Después, un grupo de represores lo subió a un auto y lo tiró en las inmediaciones de 1 y 33 de esta ciudad.
En la Brigada
También prestó testimonio ante la Cámara Carlos Alberto Zaidman, quien estuvo ilegalmente detenido en la Brigada de Investigaciones de esta ciudad desde el 11 de julio de 1977 hasta agosto de ese mismo año.
El testigo contó que fue secuestrado de la casa de sus padres, en 61 esquina 12. “Llegué a la noche y cuando quise salir la casa estaba rodeada de policías. Enfrente había todo un operativo con gente de uniforme, y en un momento cruzó un hombre de civil y me apuntó con una Itaka”, recordó.
Más temprano, ese día, “se habían llevado a mi padre y mi hermano. A mí me vendaron los ojos, me esposaron y me hicieron poner en el piso de un Renault 12”. El testigo señaló que fue llevado a la Brigada de Investigaciones: “Cuando llegué me dijeron ‘acá vas a hacer lo que te digamos, acá vas a aprender’”.
En ese lugar, Zaidman fue interrogado, y después fue llevado a una habitación: “ahí me hicieron desvestir y empezaron a torturarme, con golpes y picana en todo el cuerpo. Las torturas se repetían todos los días”, manifestó, y agregó que “los represores tenían un ensañamiento particular conmigo, me decían ‘cerdo judío’ o ‘judío de mierda’”.
El ex detenido también aseguró que, mientras estuvo detenido en la Brigada, supo que “había un bebé con su mamá. Había dos hombres y dos mujeres que en ese momento colaboraban con los represores, y el bebé era de una de las chicas”. Sobre estas cuatro personas, el testigo pudo precisar el apodo de uno de ellos —«El Flaco»—, del cual aseguró que “era médico o estudiante de Medicina, y presenció algunas sesiones de tortura”.
El testigo mencionó que, entre las personas que estuvieron detenidas con él, se encontraba Jorge Andreani, un compañero de militancia política que aún se encuentra desaparecido: “Estábamos juntos en el Partido Comunista Revolucionario, y mientras estaba secuestrado escuché su voz”.