Vendada y atada, dio a luz
en un patrullero
Se trata de Adriana Calvo, una sobreviviente tres
centros clandestinos de detención. En el trayecto a uno de ellos, nació su
hija. Las audiencias de hoy apuntaron a esclarecer lo ocurrido en la Comisaría
5° y en otros centros de La Plata.
Por Lucas Miguel y Francisco Martínez (Secretaría de Prensa)

Calvo contó que la Brigada era un lugar "de
admisión y paso de detenidos" (Foto: FM) |
LA PLATA.- La Cámara Federal de esta
ciudad reanudó hoy las audiencias del denominado “Juicio por la Verdad” con
el testimonio de una mujer que estuvo detenida ilegalmente durante tres meses y
dio a luz en un patrullero, cuando la trasladaban de un centro clandestino a
otro.
En 1977 Adriana Calvo era militante del
gremio de los docentes de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad
Nacional de La Plata.
La mañana del 4 de febrero un grupo de
diez hombres de civil, armados y con anteojos negros irrumpió en su casa de
Tolosa. Adriana estaba embarazada de seis meses y medio y la secuestraron junto
a su hijo de un año. Pero cuando salieron de la casa, una vecina le arrebató
el chico de las manos a un oficial y lo tuvo con ella hasta que su madre salió
en libertad.
Los autos que participaron en el
secuestro se dirigieron a la Brigada de Investigaciones de La Plata, lugar al
que Adriana Calvo describió como de “admisión y paso de detenidos”. “Uno
era recibido y allí se decidía su destino”, agregó.
En la Brigada, donde fue atada y
vendada, sintió la presencia de por lo menos quince personas más que estaban
en el mismo estado. Esa noche fue trasladada al Destacamento de Arana. Estando
vendada y atada, los represores pasaron lista y escuchó el nombre de su ex
marido, Miguel Laborde, también sobreviviente.
La testigo —integrante de la Asociación
de Ex Detenidos-desaparecidos— contó que tanto el Destacamento como el
“Pozo de Arana” eran “lugares de tortura”, al tiempo que hizo un conteo
de los métodos utilizados por los represores: “Había picana, golpes,
simulacros de fusilamiento, colgaban de los pies a los detenidos para hacerle el
submarino (asfixia con una bolsa o balde de agua)”, relató.
El primer interrogatorio que debió
soportar estuvo dirigido a su relación con los profesores Mario Féliz y Carlos
De Francesco —ex detenidos que ya declararon en este juicio— y por un viaje
que estos habían realizado con su ex marido a Chile.
En la comisaría 5° conoció
"el cepo": a los prisioneros "los estaqueaban al sol en el patio,
y les tiraban agua salada. A veces los tenían varios días".
“El Destacamento es pequeño y se
escuchaban los gritos y voces de la tortura”, manifestó Adriana ante una sala
colmada. Y continuó: “A José Roberto Bonetto lo amenazaron con torturar a su
mujer delante de él e ir a buscar a su hijita. Cuando llegó a su celda,
Bonetto intentó suicidarse, pero lo descubrieron y lo torturaron”.
El segundo interrogatorio que sufrió
estuvo a cargo de un supuesto militar, muy bien vestido —pudo ver sus zapatos
y su pantalón por debajo de la venda— y correcto al hablar. El represor, que
le preguntó por su familia, sabía que su hermano la buscaba.
El hermano de Adriana trabajaba en Radio
Rivadavia junto al fallecido relator José María Muñoz, quien lo habría
conectado con el comisario inspector Alberto Rousse. Este policía, que era nexo
entre la familia y los secuestradores, informaba a sus superiores sobre los
Calvo.
En la comisaría quinta
El 12 de febrero fue trasladada a la
Comisaría 5° de esta ciudad. Estuvo en la dependencia poco más de dos meses,
hasta el 15 de abril. “Allí operaban dos grupos: El Comando de Operaciones Tácticas
(COT), encargado de varios prisioneros, y otro grupo que no supimos
identificar”, reseñó Adriana.
En la 5° conoció un nuevo método de
tortura: “el cepo”. “Los estaqueaban (a los prisioneros) al sol, en el
patio de la comisaría, y les tiraban agua salada. A veces los tenían varios días”,
relató Adriana para la indignación de los familiares de víctimas de la
represión ilegal que estaban en la audiencia. “Lo que han dicho algunos policías
de la 5° acá —siguió la testigo—, que no conocían calabozos, es mentira.
Los encargados de nuestra custodia eran los policías”.
El 12 de marzo, la hoy desaparecida Inés
Ortega comenzó con los trabajos de parto en la misma celda en la que estaba
Adriana. “La llevaron a la cocina y la ataron a la mesa”, sostuvo la ex
detenida. En esas condiciones nació Leonardo, quien sólo pudo estar en los
brazos de su madre durante 48 horas, cuando llegaron los oficiales a la celda y
se lo llevaron. El médico que atendió el parto fue Jorge Antonio Bergés
—libre por la ley de Obediencia Debida—, quien insultaba a Inés mientras
daba a luz, entre las risas de los policías que rodeaban la mesa.
Adriana Calvo calcula que en un momento
hubo alrededor de sesenta detenidos dentro de la comisaría. Cuando fue al baño,
pudo ver por un agujero el calabozo de los hombres: “Era lo más parecido a un
campo de concentración nazi. Estaban todos amontonados en el suelo, lastimados,
daban olor. No olor a sucio; olor a miedo”, graficó ante el Tribunal.
El 15 de abril, los trabajos de parto le
tocaron a ella. Adriana estuvo varias horas en el piso de la celda, mientras sus
compañeras llamaban a la guardia. Los policías, que tardaron mucho en llegar,
le ataron “bien fuerte” la venda y las manos, y la introdujeron en un
patrullero.
En plena desinfección, le
quisieron quitar a su hija: "Todas las compañeras hicieron
una muralla humana y comenzaron a gritar. No se la pudieron llevar,
si no nos mataban".
El destino sería el centro clandestino
conocido como “Pozo de Bánfield”, pero los represores no llegaron a tiempo
porque se perdieron. “Teresa nació en el auto, cerca del cruce de Alpargatas.
Yo estaba con las manos atadas atrás y no la podía agarrar”, declaró
Adriana. La beba quedó apoyada sobre un asiento del que cayó como consecuencia
de los movimientos del automóvil.
Cuando llegaron a la Brigada de
Investigaciones de Bánfield, donde funcionaba el centro clandestino, la primera
cara que Adriana vio fue la del médico Bergés, quien cortó el cordón
umbilical que todavía la unía a su hija. En Bánfield, la testigo pudo verles
las caras a todos los oficiales, mientras, ensangrentada, limpiaba la camilla y
el piso manchados con la sangre derramada en la extracción de la placenta, que
hizo el propio Bergés.
En este centro clandestino Adriana pasó
sus últimos días como detenida. Allí se encontró con quienes la acompañaron
en la 5°. Ahí también se enteró que habían nacido dos niños en cautiverio
que fueron arrancados de sus madres.
Adriana recordó hoy ante la Cámara que
las condiciones de vida de Banfield fueron las peores. La epidemia de piojos
llegó hasta los guardias que decidieron desinfectar el lugar. En plena
desinfección, cuando la celda estaba cubierta de humo, le quisieron quitar a su
hija: “Todas las compañeras hicieron una muralla humana y comenzaron a
gritar. No se la pudieron llevar, si no nos mataban”, contó Adriana con los
ojos llenos de lágrimas, quien además rindió homenaje a los detenidos que
compartieron el cautiverio con ella. Dijo que las otras mujeres no comían para
que ella pudiera alimentarse y amamantar a su hija. Y que los hombres hicieron
una poesía para la beba: “Llegó Teresa, la que nació presa”, decían.
El 28 de abril de 1977 terminó el
calvario de Adriana Calvo. Un auto la dejó a dos cuadras de su casa. Antes los
policías le advirtieron que no hablara con nadie sobre lo que había visto.
Hoy, ante los jueces, Adriana —quien
ya declaró en varios tribunales— afirmó: “La verdad la dijimos muchas
veces, hace mucho tiempo. Necesitamos que ahora hagan justicia”. En el
edificio de Tribunales se escuchó el aplauso que salió de la sala de
audiencias.
Después de su declaración, la testigo
entregó un trabajo de investigación sobre la Comisaría 5°, realizado por la
Asociación de Ex Detenidos-desaparecidos, en el que aparecen los nombres de 103
personas que pasaron por ese centro clandestino.
Liberación inusual
Graciela Marcioni fue otra ex detenida
de la comisaría 5° de La Plata que declaró hoy. La mujer contó su increíble
historia, en la que un represor la obligó a mantener relaciones sexuales con él
para poder conseguir la libertad.
Marcioni fue secuestrada de su casa el
25 de enero de 1977, por un grupo de 10 a 15 personas vestidas de civil y
disfrazadas. Al igual que Adriana Calvo, su primer centro clandestino fue la
Brigada de Investigaciones de La Plata.
Al día siguiente fue llevada al “Pozo
de Arana”, donde fue torturada por las mismas personas que la secuestraron.
“Arana es volver al infierno. Era un lugar espantoso, con tormentos continuos.
Ponían la música fuerte para que no se escuchen los gritos”, expresó la
testigo.
"Yo voté esta noche por
tu libertad", dijo el guardia,
y le informó que quedaría libre sólo
si mantenía relaciones sexuales con él.
Cuatro días más tarde Marcioni fue
llevada a la comisaría quinta, un lugar en que las condiciones de detención
eran menos rigurosas: “Acá te podés sacar la capucha”, le dijeron.
El 3 de febrero, un hombre retiró a la
mujer de su celda y se la llevó en auto a una casa. “Yo voté esta noche por
tu libertad”, le dijo, y le informó que quedaría libre sólo si mantenía
relaciones sexuales con él. “Me manejé instintivamente por lo que quería en
ese momento. Fue una situación muy absurda y tirada de los pelos”, recordó
la ex detenida.
Esa misma noche, el violador —de quien
la testigo no recordó su nombre pero según su declaración en CONADEP se
trataría de un oficial González, de 27 años en esa época— la dejó a dos
cuadras de su casa, y Marcioni recuperó su libertad.
La tortura le hizo perder la
fertilidad
Otro sobreviviente de centros
clandestinos que declaró hoy fue Diego Barreda, quien fue secuestrado cuando
volvía del trabajo a su casa el 14 de julio de 1978. Barreda dijo que con otro
ex detenido de apellido Tiscornia fue llevado a un centro clandestino que
funcionaba en Quilmes.
Allí fue torturado, en una sesión que
duró 10 horas. Por causa de la picana eléctrica, Barreda perdió la fertilidad
y no pudo tener más hijos, según contó luego de su testimonio.
Días más tarde fue llevado al “Pozo
de Bánfield” y luego a la comisaría 8° de La Plata, donde fue
“legalizado”. En el Libro de Detenidos de esa comisaría que posee el
Tribunal, la entrada de Barreda está registrada y en un casillero figura “a
disposición del Area Operacional 113”, que es la unidad del Ejército
correspondiente a La Plata.
Barreda aseguró que el comisario de esa
seccional debió saber qué pasó con las personas que por allí pasaron y que
nunca volvieron a sus casas. Antes recordó que tuvo contacto con tres jóvenes
desaparecidos: “Baratti, Bonín y Francaroli”. Rodolfo Sablich, un ex policía
que estuvo a cargo de la comisaría 8° en 1978, argumentó en su declaración
del año pasado que existía un “área restringida” a la que ni él ni sus
subordinados podían acceder.
Dos meses después de llegar a esa
dependencia, Diego Barreda fue llevado a la Cárcel de Devoto, ya que lo iba a
“juzgar” un Consejo de Guerra. La parodia de tribunal finalmente desestimó
el caso, y lo derivó a la justicia federal.
Así, Barreda también pasó por la
Unidad Penal N°9 de Olmos (La Plata), de donde salió en libertad en julio de
1979.
Familiares
En tanto, también prestaron testimonio
familiares de desaparecidos. Beatriz Serebrinsky declaró por la desaparición
de su hija Patricia Hurchansky y el esposo de ésta, Carlos Simmons.
La mujer, de 75 años, viajó desde Mar
del Plata para declarar. Dijo que su hija fue secuestrada de su casa de City
Bell (al norte de La Plata) el 7 de febrero de 1977, junto a un matrimonio amigo
que fue liberado a los 5 días. Los hijos de Patricia Hurchansky y los de la
pareja detenida con ella fueron entregados a los vecinos por los represores.
Por su parte, Carlos Simmons fue
secuestrado a la noche de ese día, luego de enterarse lo que había pasado con
su esposa y comenzar a llamar a la Policía. Cuando se comunicó con el
Regimiento 7 de Infantería, le dijeron que los esperase en su casa, y allí lo
secuestraron.
La madre de Patricia contó en su
testimonio que supo que su hija fue llevada a la Brigada de Investigaciones de
La Plata, al “Pozo de Arana” y a la comisaría 5°. El 1 de abril de 1977
fue trasladad al “Pozo de Bánfield”, “en un camión celular custodiado
con vehículos con sirena”, según testimonios de ex detenidos.
Finalmente, el 25 de abril se produjo un
traslado masivo de donde se perdió el rastro de Patricia. “Después supe qué
significaban esos traslados masivos. Hacen acordar a los traslados de los
nazis”, sentenció Beatriz Serebrinsky.
Compungida, la madre de la desaparecida
expresó a los jueces: “Sueño que algún día me entreguen tanta Justicia
como tanta Verdad se ha volcado aquí”.
Angel Carabes fue otro de los testigos
del Juicio por la Verdad. Es hermano del desaparecido Juan María Carabes,
secuestrado de su domicilio de Berazategui el 11 de febrero de 1977.
El testigo dijo que fue detenido con su
hermano y que cinco horas más tarde fue liberado. No supo identificar el lugar
en donde estuvo, ni tampoco decir qué pasó con Juan María
La última testigo fue Alicia Priotti,
quien declaró por la desaparición de su hermano Eduardo José. La mujer contó
que vio cuando Eduardo era secuestrado en la calle 20 entre 59 y 60, por
personas que presuntamente lo venían persiguiendo en un automóvil.
Priotti se enteró que días antes o
después del secuestro de su hermano, un grupo de supuestos represores fue a la
casa que él había alquilado, hizo destrozos y saqueó la vivienda.
La mujer señaló que su padre se dirigió
a la comisaría 5°, en donde le pidieron dinero para “atender mejor” a su
hermano. Pero aclaró que no supo si en realidad pasó por ese centro
clandestino.
“El juicio debe ser penal”
Antes del comienzo de la jornada de
audiencias de hoy, organismos de derechos humanos de La Plata y nacionales
difundieron un documento en el que expresan el reclamo “a los fiscales, jueces
y cámaras hoy decididos a investigar, que transformen a los juicios por la
Verdad en juicios de verdad penalizando a todos los culpables”.
Asimismo, el documento reclama “a la Cámara
Federal de La Plata el procesamiento del represor Miguel Etchecolatz y de
cualquier otro militar, policía o civil implicado en la represión ilegal”
En conferencia de prensa, el secretario
de Apoyo al Juicio por la Verdad y la Justicia de APDH La Plata, Jaime Glüzmann,
dijo que “este juicio es un avance en la memoria pero creemos que debe
convertirse en penal porque con la verdad no alcanza”. Además valoró lo
realizado por la Cámara hasta ahora: “Lo que se está haciendo sirve para
aportar pruebas y llamar represores”, afirmó.
Por otro lado, a la primera audiencia
del año en La Plata concurrieron militantes de derechos humanos de las APDH de
Bahía Blanca y Neuquen, quienes desde el año pasado tramitan ante la Cámara
Federal bahiense un juicio de similares características al que se lleva en esta
ciudad.
Ernesto Malicia, de la APDH de Bahía
Blanca manifestó que con el juicio “quedó fuera de discusión que en esa
región hubo muertos, desaparecidos, y esto ha sensibilizado en general a toda
la población”. Y agregó: “Esperamos con las próximas audiencias llegar al
objetivo final, que es, por un lado, el conocimiento de la verdad y, por el
otro, que se llegue a la justicia”.
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