ESPACIO ABIERTO
N°29
Junio
2004

Tapa

Editorial

Convenio con el Centro Angelelli

El juicio oral contra Bergés y Etchecolatz

Juzgados y condenados, en casa
Los protago-
nistas y los testigos
La sentencia

Derechos Humanos, mentiras y peligros

Salud reproductiva
"La despenali-
zación es una cuestión de tiempo"

Juicio por la Verdad
"Habrán pensado que iba a quedar-
me llorando en mi casa"

Memoria
Aprender a aprender sobre el golpe

Caso Beroch
Ahora falta la justicia

Represión
Kearney tiene mucho que decir pero no le preguntan

Justicia
Poner freno a tanto garrote y esposas

Institucionales
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Contratapa:
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Juicio oral a los genocidas Bergés y Etchecolatz


Juzgados y
condenados en casa
Es la primera condena en La Plata a genocidas de la última dictadura. Recibieron siete años de prisión por la supresión de la identidad y la falsificación de los documentos de una hija de desaparecidos. 


A sala llena de público fueron las cuatro jornadas del juicio contra Bergés y Etchecolatz. (Foto: F. Martínez)

Ver más: Fotos del juicio oral en nuestra sección de Archivo Fotográfico

 

Por Lucas Miguel (*)

El ex médico policial Jorge Antonio Bergés y el ex director de Investigaciones de la Policía bonaerense, Miguel Osvaldo Etchecolatz, están presos. Y Carmen Gallo Sanz recuperó su identidad. Con el juicio oral a los dos represores —el primero en La Plata contra genocidas de la última dictadura— comenzó a escribirse uno de los capítulos más importantes en la lucha contra la impunidad en nuestra ciudad. 

La devolución de la identidad a una hija de desaparecidos y la condena a los responsables es un gran triunfo de los organismos de derechos humanos y de una sociedad que no tolera los peores crímenes de su historia y busca, pacífica e incesantemente, justicia. 

La pena a siete años de prisión que recibieron Bergés y Etchecolatz es importante: sienta un precedente de cara a los próximos juicios que se vendrán por este tipo de delitos, como el que tendrá lugar en la causa en la que se investiga en Buenos Aires a los altos mandos de la dictadura por la práctica sistemática de sustracción de menores.

La condena, también, se sumará a las que próximas que reciban. 


Etchecolatz, provocador, leyó durante los alegatos del Juicio su libro "La otra campana del Nunca Más". (Foto: F. Martínez)

Bergés se negó a declarar y dijo que ya había sido juzgado. Se probó que falsificó el acta de nacimiento de Carmen. (Foto: F. Martínez)

El juicio
Los represores fueron condenados por haber sido los autores de la supresión de la identidad y la falsificación de los documentos de Carmen Gallo Sanz, quien nació en el Pozo de Banfield el 27 de diciembre de 1977, mientras su madre Aída era torturada con la picana. 

Aída había sido secuestrada el 23 de diciembre de aquel año en San Antonio de Padua junto a su madre, Elsa Fernández, que había viajado desde el Uruguay para asistirla en el parto. Su esposo, Carlos Gallo Gastro, fue apresado al día siguiente en Laferrere. Los tres eran uruguayos que habían escapado de la dictadura de su país. Y los tres fueron desaparecidos en la Argentina. 

“Le habían dado (a Aída) mucha picana eléctrica y muchas patadas en la panza, por eso estaba muy preocupada por su nena, porque recibió todas las patadas y las descargas”, declaró la sobreviviente Adriana Chamorro.

Beatriz Bermúdez Calvar relató su encuentro con Aída Sanz en el Pozo de Quilmes: “Me dijo: ‘Soy Aída Sanz. Te voy a pedir que cuentes que tuve una hija’. Era lastimoso verla, estaba destruida. Se notaba que había sido torturada y golpeada”.

Los testimonios de los sobrevivientes fueron fundamentales para dar cuenta al tribunal del horror en los centros clandestinos. Y también para identificar al médico que tomó a Carmen con sus brazos en el centro clandestino: “Siempre se hacía referencia al mismo médico de ojos grandes y bigotes”, dijo Eduardo Corro. 

Según quedó acreditado en el expediente, la niña fue retirada inmediatamente de su madre y llevada a una clínica clandestina que Bergés tenía en Quilmes. Allí, tres meses después, fue entregada a un matrimonio que no tenía vínculos con la represión ilegal y desconocía el origen de la beba. 

El certificado de nacimiento, se comprobó, fue firmado por el médico policial. La fecha era verdadera, pero el nombre de sus padres y el de la niña, otro: María de las Mercedes Fernández. Así se consumó el delito de falsificación de instrumento público y, con él, la supresión de la identidad, dado que con los datos volcados en ese certificado se labró el DNI de la niña. 

Los testimonios de los peritos del Banco Nacional de Datos Gené-ticos y de la Corte Suprema dieron validez al estudio de ADN que certificó en junio de 1999 que María de las Mercedes Fernández era Carmen Gallo Sanz. La defensora de Bergés, Laura Inés Díaz, cuestionó la legalidad de la pericia durante todo el juicio oral, cosa que no había hecho durante la etapa de instrucción. 

En el primer día de audiencias, el payasesco abogado de Etche-colatz, Adolfo Casabal Elía, quien se definió como militante de derechos humanos en Cuba, cuestionó la legitimidad de la APDH La Plata y de Abuelas para ser querellantes en el proceso. Su planteo fue rápidamente descartado por el tribunal que, lejos de tratar la cuestión de fondo, respondió que no era la oportunidad para realizar esa objeción.


Etchecolatz, durante su indagatoria: "No era nada clandestino, eso fue un manejo del marxismo". (Foto: F. Martínez):

“Lacras”
El debate oral fue abierto con la indagatoria a los represores. Bergés se negó a declarar porque dijo que ya fue juzgado en la causa Camps, en 1986. En rigor, el médico policial fue absuelto allí de la sustracción de Carmen Sanz porque el tribunal carecía de elementos para culparlo: la niña aún no se había realizado el ADN y permanecía desaparecida. 

Etchecolatz fue locuaz —dijo “con mucho gusto” cuando le preguntaron si iba a declarar— hasta que se cansó de las preguntas de la fiscalía, antes de que pudieran comenzar a interrogar los abogados de los organismos. El represor calificó de “lacras” a los desaparecidos y “prisioneros de guerra” a los detenidos ilegales. 

Sobre los centros clandestinos de detención, aseguró: “No era nada clandestino, eso fue un manejo del marxismo, que los llamó ‘pozos’”. Y añadió que “todos los centros que estaban bajo la Dirección General de Investigaciones, eran todos conocidos” y “hasta de acceso público”. Pero intentó distanciarse de la represión ilegal: aseguró que los centros estaban bajo el comando operacional del Ejército. 

El ex comisario se negó a seguir respondiendo preguntas cuando el fiscal Hugo Cañón quiso afinar detalles sobre el recorrido de las directivas de la represión ilegal en la cadena de mandos. “Al señor no le respondo más”, dijo y dio por terminada su declaración. 

Carmen
Carmen Gallo Sanz declaró a puertas cerradas y sin la presencia de los imputados. El único público lo conformaron los policías de la Federal asignados a la custodia de la sala de audiencias.

La joven, de 27 años, dijo que haberse enterado de su identidad biológica “no fue traumático; fue impactante” y aseguró: “Tengo un gran parecido físico con mi madre”.

—¿Qué sintió usted cuando conoció su identidad?- le preguntó Cañón.
—La historia es fuerte. Es un choque fuerte. Sobre todo por lo que pasaron. Al enterarme sentí alivio: los encontré y supe que no me habían abandonado.

Hasta que se enteró del resultado del examen de ADN en 1999, Carmen vivió pensando que su madre la había abandonado. Esa había sido la versión que Bergés les había dado a los “padres de crianza” de la niña, cuando se las entregó en “adopción” en marzo del ’78. 

Contó también que recuperó su identidad gracias a Clara Petrakos, otra hija de desaparecidos que busca a su hermana nacida en cautiverio. Clara se había acercado hasta Carmen pensando que podía ser su hermana. Pero el análisis genético dio como resultado que era la hija de otra pareja de desaparecidos: Aída Sanz y Eduardo Gallo. 


El abogado de la APDH La Plata, Javier Percow, alegó que los represores debían ser juzgados por "traición a la patria". (Foto: F. Martínez)

“Traidores a la patria”
La APDH La Plata y Abuelas pidieron quince años de cárcel para los dos represores. La Asamblea solicitó prisión, mientras que Abuelas pidió reclusión. Los organismos requirieron esa pena porque acusaron a los represores, además, por los delitos de retención y ocultamiento de un menor de diez años, previstos —junto con la sustracción de menores— en el artículo 146 del Código Penal, con un máximo de quince años. 

La causa no había sido elevada a juicio por esos crímenes, sólo por la supresión de identidad y la falsificación del nacimiento. En la causa Camps Bergés había sido absuelto por la sustracción de la beba porque, como se señaló, en aquel momento faltaban pruebas para acusarlo. 

Los abogados de la Asamblea, Javier Percow y Oscar Rodríguez, con la adhesión de los letrados de Abuelas, sostuvieron que la absolución fue por la sustracción pero no por la retención y el ocultamiento de la menor, delitos que los represores continuaron perpetrando durante todos estos años porque eran los únicos que sabían qué había pasado con Carmen y dónde estaba. 

Durante el alegato, Percow sostuvo que Bergés y Etchecolatz eran coautores de los delitos de supresión de la identidad, falsificación de los documentos, retención y ocultamiento de un menor de diez años, “todos ellos en concurso ideal con el delito de traición a la patria, artículo 29 de la Constitución Nacional, por macular la vida, el honor y la fortuna de los argentinos en el marco del ejercicio absoluto, supremo y arbitrario del poder que nuestra Carta Magna califica como aberrantes”.

La novedosa utilización del artículo 29 de la Constitución fue para responder los planteos de prescripción de las defensas, que sostuvieron que Argentina ratificó las convenciones internacionales que señalan la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad con posterioridad al momento en que se cometieron los crímenes. Aquel artículo indica que las acciones cometidas en el marco de un poder “absoluto, supremo y arbitrario del poder” llevan consigo “una nulidad insanable”, lo que significa que quienes los cometieron no pueden ser alcanzados por ningún beneficio jurídico, como el derecho de prescripción.

La fiscalía, por su parte, solicitó diez años de reclusión, el máximo de pena que le permitían los delitos de sustitución de identidad y falsificación de documento. No incorporó los previstos en el artículo 146 para ser “congruente” con la solicitud de elevación a juicio que había realizado.


El presidente del Tribunal, Nelson Jarazo, leyó el fallo de la condena. 


Una Madre de Plaza de Mayo se retiró emocionada mientras se leía la sentencia. (Fotos: F. Martínez)

El fallo
El 29 de marzo el presidente del tribunal Nelson Jarazo leyó el fallo. Bergés y Etchecolatz fueron encontrados autores penalmente responsables del delito de supresión de identidad y suposición de estado civil e identidad, agravado por tratarse de una menor de edad y por la condición de funcionario públicos (y, en el caso de Bergés, de médico), en concurso ideal con falsificación de documento público destinado a acreditar la identidad de las personas.

También se decidió que, en causas aparte, se investiguen los delitos de retención y ocultamiento, por los que acusaron la APDH La Plata y Abuelas, y —a pedido de Cañón— las patadas y las torturas con picana que sufrió Carmen durante su nacimiento. 

El fallo fue dividido (ver aparte): Carlos Rozanski votó por diez años de reclusión; Ana Aparicio, siete años de prisión; y Jarazo, el presidente, los absolvió por prescripción. Como en la votación ganó la posición de la condena, Jarazo adhirió después a la pena propuesta por Aparicio. 

Así fue de ajustado y difícil. La satisfacción y el aplauso y —en algunos casos— el llanto de los militantes llegó cuando se leyó la orden del tribunal de realizar una anotación marginal en el certificado de nacimiento de la niña, haciendo constar que María de las Mercedes Fernández es, en realidad, Carmen Callo Sanz, hija de los uruguayos Aída Sanz y Eduardo Gallo. 

Una sobreviviente se levantó entre el público y gritó: “¡30 mil desaparecidos...!”. A coro, la sala, llena, contestó: “¡Presentes!”.

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