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Espacio Abierto
Edición
digital
Jóvenes con "cara de secuestro"
Los No-odies
Historia de tres jóvenes detenidos por averiguación de antecedentes en el centro platense.
Por Susana Gómez
(*)
(Versión
completa, sólo disponible en internet)

"Allá fueron
los tres a parar a la novena: «Vos acá no sos nadie y
no tenés ningún derecho», le dijeron". |
Son las 11 de la mañana. El sol, de lleno, cae sobre la calle 12 de la ciudad de La Plata. Es un día viernes. Exactamente un 12 de diciembre del año 2003. Las vidrieras se han llenado de luces de colores, pesebres, estrellas, y muchos gordos y relucientes Papa Noel, un bonachón personaje venido de tierras extranjeras. La gente va y viene, mirando, comprando, disfrutando de esa calle que en muy poquito tiempo se hará peatonal. Por eso los obreros. Por eso las máquinas. Por eso el desacostumbrado movimiento.
Roberto estacionó la camioneta a dos cuadras. Por suerte, piensa, encontré un lugar. Los chicos que lo acompañan, el “carpin” y el “rengo”, vestidos para la ocasión, bajan de la destartalada F100, entusiasmados y hasta un poco nerviosos. 16 y 17 años. Y se están jugando en esa dura pelea de hacerse hombres, habiendo nacido “nadies”. Roberto, seguro, repasa en pocos segundos, su propia pelea. El ranchito en El Carmen, una solita imagen desdibujada del padre, los padrastros, el tiempo en la casa del abuelo, la vergüenza de vender Bon o Bon en los semáforos. Su hermanita Natalia, vestida de varón, mangueando con él en el Centro. Los días de Navidad, hasta muy tarde, porque la gente se pone muy generosa. Las primeras veces que no volvió a su casa. El grupito de pibes de plaza San Martín. Las noches de invierno durmiendo en cajas de heladera. Después…como si no pudiera ser de otra manera, como si estuviera escrito, el pegamento, la cocaína, los videos, los afanos…La Yuta, por aquella época, que los levantaba cada dos por tres, el “cara cortada” que se lo quiso violar al “monito” mientras ellos gritaban y pateaban en el calabozo. Las palizas y los submarinos. Los institutos. Las fugas. El “rusito” partido en dos en medio de la vía, clavándole los ojos. El “rusito”, antes de morir, clavándole los ojos.
Roberto cuenta que vio la Noche de los Lápices cuando tenía siete años. Y que no podía parar de llorar. Piensa, “como si fuera un anticipo de mi vida”. Llegó al Hogar Pantalón Cortito a los 16. Y algo le dijo, muy dentro suyo, que había terminado una pesadilla. Que no estaba escrito. Que podía ser de otra manera. Para él y para todos los pibes como él. Aprendió a trabajar. Se sintió amado. Aprendió a amar. Terminó la escuela. Cuando cumplió los veintiuno eligió quedarse. Acompañar a los pibes. Se transformó en Educador Popular. Fue duro, muy duro. Fue difícil. Luchar contra él mismo, ahuyentar sus fantasmas. Sentir el desgarramiento del pibe que se va. Sentir muchas veces que no lo estaba haciendo bien. Esforzarse por encontrar las palabras justas. Esas que la calle no le había enseñado. Caminar por la ciudad sin sentirse sospechoso. Manejar un vehículo. Tener documento. Sacar un registro. Participar de reuniones. Hablar con gente “importante”. Votar pensando a quien. Elegir. Sentirse libre. Todas esas cosas que son tan naturales para cualquiera de los jóvenes que en nuestro país tienen la suerte de no haber nacido en un ranchito en el barrio El Carmen. Roberto sabe que casi la mitad de los pibes argentinos no nacieron con estrella, nacieron “estrellados”. Y por eso es un educador en el Hogar Pantalón Cortito.
Pero ese 12 de diciembre, casi al mediodía, los viejos recuerdos y los antiguos odios le brotaron de pronto. Era un momento especial, para él y para sus chicos. Habíamos logrado que los dos jóvenes, que trabajan en un microemprendimiento en el Hogar cobraran su primer sueldo, a través del Programa Barrios Bonaerenses. Los chicos apretaban con emoción ese documento que tanto les había costado conseguir. Era casi una llave mágica para ser “alguien”. Y Roberto se los había enseñado y se los repetía. El documento es necesario. Lo tienen que cuidar. A través del documento son ciudadanos. Pero esta vez los chicos iban más allá con la mirada, un sueldo…fruto de nuestro trabajo. El fin de semana tal vez, nos compremos ropa. O vayamos a visitar a un amigo. O invitemos a salir a la chica que nos gusta…pero no hubo sueldo y no hubo buen fin de semana.
Caminaban los tres por calle 12, rumbo al Banco Provincia. Conversando. Tranquilos. Bien vestidos. Morochos los tres. Bien morochos y argentinos.
La voz potente y firme le retumbó en la cabeza. “¡Documentos!” Roberto siguió caminando. Y otra vez, desde atrás, “¡Documentos!”. Se da vuelta y ve al policía. "Disculpe -le dice asombrado- pensé que me dijo Buen día". “¡Documentos! Dame tus documentos”. “Cómo no”.
"Sirvasé". Seguro y orgulloso. Porque en la billetera tiene DNI, registro, una credencial del Hogar, fotos de su mujer y alguna plata también. Al momento aparecieron los documentos de los chicos. Y Roberto le explica al señor policía la situación, quienes son, adónde van. El servidor público, averigua algo por el radio, y le dice sin miramientos que tienen que acompañarlo a la novena porque “le saltó algo en el 2000”. Entonces, tratando de mantener la calma, Roberto le dice que es imposible, que desde el año 1999 está trabajando en el Hogar, haciendo esto y aquello y que por favor, todos podemos equivocarnos, tal vez el señor que le transmitió ese dato se equivocó y usted puede volver a llamar y así evitaríamos un inconveniente, yo estoy a cargo de los chicos, son mi responsabilidad y fijese qué importante ellos van a cobrar su primer sueldo, porque están trabajando…por favor vuelva a preguntar, a lo mejor se equivocaron cuando pasaron el número de documento, imagínese en mi trabajo realizo trámites todos los días, me han pedido certificado de antecedentes. Todo está bien. Es imposible... "Cállate, no hagás escándalo, porque te pongo los ganchos". Y entonces : Marche preso.
Allá fueron los tres a parar a la novena. Apenas llegado, Roberto solicita se respete su derecho a hacer una llamada. Le contestan: "vos acá no sos nadie y no tenés ningún derecho". Y los meten a los tres en un calabozo. Por averiguación de antecedentes. El calabozo estaba todo meado y cagado y no había siquiera un banquito donde sentarse. Una hora, dos horas. Eternas. Llama y grita, quiero hacer una llamada!, tengo derecho a hacer una llamada. Aparece el servidor público: si seguís hinchando las pelotas no te vas hasta mañana. Hasta que yo quiera. Fueron tal vez cuatro, cinco horas, hasta que los llevaron a cuerpo médico. Otra vez nadies. Otra vez humillados. Como antes. Viejos odios. Viejos recuerdos. El “cara cortada” tratando de violarse al “monito” y ellos pateando y gritando en el calabozo. La bolsita de plástico en la cabeza. Es así. Es natural. Uno patea la calle y es así. Qué llamada, qué derecho. ¿Dónde te van a meter? ¿En un saloncito con aire acondicionado, sillones y almohadones, mientras te sirven un cafecito, una chocolatada con galletitas y te dejan mirar un rato la tele? Por supuesto, mientras averiguan tus antecedentes.
Cuando los sacan del calabozo Roberto sigue protestando, pregunta quién responde por todo el tiempo que perdieron, el mal momento, la humillación. Les cuenta que perdió toda la tarde de estudio, que mañana rinde un exámen. Qué porqué tienen que ser así las cosas. Le dicen, no con mucho convencimiento, que seguramente por sus causas de menor el juez “le pidió paradero” . Le hacen firmar que los dos chicos eran sus primos, “para no dar parte al juez de menores” y los mandan a cuerpo médico. Un servidor público pasa por al lado de Roberto y dice: “Qué olor a porro, qué ganas tengo de fumarme un porro!” y mientras los trasladan a revisación médica le dicen: “Lo que pasa, es que vos tenés cara de secuestro, por eso te levanta la policía”. Y al “rengo” lo rematan: “Y a vos, con esa cara, en vez de ponerte los ganchos, te ato con alambre de púa”. En cuerpo médico lo dejan ir a comprar cigarrillos y le dicen: "traéte una gaseosa". Cuando vuelve sólo con los cigarrillos le preguntan: "¿Y la gaseosa?"
Roberto está indignado, humillado, impotente. Creyó que todo su esfuerzo era suficiente para sacarlo de la categoría de nadie. Pero, después de tantos años, como un cachetazo, y por cinco horas volvió a ser el píbe aquel desamparado, a merced de la voluntad y el capricho de quiénes tienen que estar al servicio del pueblo.
Hace pocos días el grupo de teatro de Pantalón Cortito (Los No-Odies) presentó la Obra “Los No-Odies”, basada en la poesía de Eduardo Galeano “Los Nadies”. Es un grito de esperanza de todos los pibes de la calle. De todos los Chicos del Pueblo. De todos los pibes pobres. Un grito de esperanza que quiere alcanzar a la mitad de los chicos de nuestra Patria, que no tienen derechos, que viven corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos, que no son aunque sean…que no tienen nombre sino número, que no figuran en la historia universal sino en la crónica roja de la prensa local, los Nadies, que cuestan menos que la bala que los mata…
Y Roberto se pregunta, escupiendo su bronca, masticando nuevamente la injusticia en carne propia. ¿Cómo quieren que los nadies no odien?
(*) Directora del Hogar
Pantalón Cortito de La Plata
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