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Foto: (B. O.)
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Habíamos terminado el año pasado reprimidos por la policía
frente a la Legislatura en un importante acto donde no solamente
eramos docentes sino nuestros alumnos y sus padres.
Ya a comienzos de este año, finalmente, los representantes de
ellos mismos aprobaron la suspensión del estatuto del docente con la
colaboración de los gases y las balas dirigidas a quienes estábamos
en la puerta de la Legislatura. Lo ocurrido con el estatuto del
docente no es problema de los docentes, es un ataque a todos los
trabajadores en cuanto se han violado sus derechos.
El hambre de los chicos, los comedores escolares que no funcionan o
son insuficientes, no son problema de aquellos que han sido despojados
de derechos inalienables, sino de todos. Las becas que no llegan no es
problema de algunos, es de todos.
La lucha docente continuó. Nos encontramos marchando juntos en el
frente gremial los tres gremios que abarcan a los docentes de la
provincia de Buenos Aires, todos bajo la misma bandera.
Hubo en nuestra ciudad dos campamentos, en forma de protesta y
reclamo a las autoridades. Uno de ellos con maestros y profesores de
toda la Provincia frente a Dirección General de Escuelas, y el otro
con docentes de la región en Plaza San Martín. El Frente logró ser
escuchado en algunos de sus reclamos, pero hay mucho camino por andar.
También faltan muchos docentes que desde el lugar de lucha que
elijan, entiendan que debieran ser más que meros instructores que se
limitan a cumplir un programa. Ser educador es otra cosa.
Debiéramos comprender que el problema educativo no nos concierne
solamente a quienes acompañamos en el proceso de aprender, a los
alumnos, a los padres de chicos en edad escolar, sino absolutamente a
todos.
Que cada vez esté más acotado el derecho de nuestros chicos a
estudiar, que haya alguien con hambre son inmoralidades que no debemos
aceptar, realidades que aunque corrientes no debemos tomar como
normal. La costumbre hace que muchas veces situaciones intolerables se
conviertan en parte de un paisaje que se acepta como si fuera parte de
un destino manifiesto imposible de evitar o combatirse.
Los chicos deben ir la escuela. Les debemos educación, no es una
gracia que el estado puede o no otorgar, es un deber. Vemos como
muchos chicos no pueden ir al colegio porque las condiciones
socio-económicas de su familia no se lo permiten. Vemos como chicos
se desmayan de hambre en las aulas, vemos como a muchos se les roban
las posibilidades desde su nacimiento. Vemos, y la pregunta es: ¿qué
hacemos? El dolor y la indignación no son suficientes.
Debemos estar reclamando todos, porque lo que le pasa al otro
también me pasa a mí, el dolor del otro también debe ser el mío,
porque cuando le roban la niñez y luego el futuro a un niño, me lo
están robando a mí también. En una entrevista le preguntaron a un
nene de aproximadamente 10 años qué creía que perdía al no ir a la
escuela y después de pensar unos segundos contestó: “todo”.
Después de esta respuesta no hay nada más por decir.
(*) Docente.