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Judicialización de la protesta


La víctima como victimario
Marina Schifrin fue condenada por la justicia federal por participar en un corte de ruta. «El fiscal y el juez parecían un único rol acusador», sostuvo la docente, que acaba de apelar a la Corte Suprema.

Por Vanina Wiman (*)

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"La única forma legítima y verificable de la expresión soberana del pueblo es el sufragio (…). Otros tipos de presunta expresión de la voluntad popular, distintos del sufragio (tales como reuniones multitudinarias en una plaza o lugares públicos, encuestas, huelgas u otros medios de acción directa, vayan o no acompañadas por las armas, etc.), no reflejan realmente la opinión mayoritaria del pueblo, sino a lo sumo la de un grupo sedicioso". Este párrafo no fue escrito durante la última dictadura. Es una de las citas que la Sala I de la Cámara Nacional de Casación Penal utilizó, en julio de este año, para redactar el fallo que confirmó la condena de la docente Marina Schifrin por participar en un corte de ruta en Bariloche (Río Negro).

El 21 de marzo de 1997 se realizó una manifestación en el puente del arroyo Ñireco, en la entrada de la ciudad. Docentes, padres y alumnos reclamaban por la educación pública y en contra de una reducción salarial impuesta por el gobierno provincial. La protesta duró 90 minutos y culminó con la promesa del intendente local de llevar el pedido al gobernador Pablo Verani.

Cinco años después, la Cámara de Casación consideró que Schifrin, al participar del corte de ruta, atentó contra "la organización social y política de nuestro país" y encarnó "la idea de hacer justicia por mano propia".

Así, los camaristas confirmaron el fallo que, en septiembre de 2001, firmó el juez federal barilochense Leónidas Moldes. Allí, sentenciaba a Schifrin a tres meses de prisión en suspenso e inhabilitación para participar en manifestaciones públicas de más de diez personas por el plazo de dos años.

"El juicio fue terrible: el fiscal y el juez parecían tener un único rol acusador. No dejaron entrar al público y a los periodistas no los dejaron grabar", contó a Espacio Abierto la docente, que a principios de agosto presentó -acompañada por abogados de la CTA, el CELS, la Correpi y la Asociación Ex Detenidos Desaparecidos- una apelación a la sentencia ante la Corte Suprema.

"Las preguntas estaban orientadas a hacerme ver como la organizadora", señala Schifrin, y añade que el único testigo que finalmente sostuvo esa hipótesis "fue un gendarme que trabajaba en Inteligencia y que estaba en el corte marcando gente".

La prueba fundamental de la fiscalía en contra de la docente es un video que tomó el canal de televisión local y que fue exhibido durante el juicio. "Me encantó verlo, aunque lo pasaran para incriminarme. Me pareció un hermoso documental", recuerda Schifrin sonriendo.

La profesora de matemáticas -que además es miembro de la Corriente de Militantes por los Derechos Humanos y de la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro (Unter)- fue la única condenada, entre un grupo de nueve procesados. Los demás pidieron "probation" y no fueron a juicio.

"El gremio recomendaba que la pidamos, aunque dijo que iba a respaldar todas las posiciones", cuenta Schifrin, y agrega: "A mí me pareció que daba para pelear, aunque valoro y entiendo la decisión de los demás. Eso sí: quedé medio sola. Me hubiera gustado que fuéramos más".

La docente resolvió no apelar a la "probation", pues consideró que "fue creada para que, cuando la gente hace cosas que no son tan jodidas, puede reparar a la sociedad. Es una herramienta buena, pero no para este caso. No me parecía que nos encuadráramos en reparar a la sociedad, sino todo lo contrario: ellos nos tenían que reparar a nosotros".

Este caso se convierte en un paradigma más de la judicialización de la protesta como método para acallar los reclamos sociales. "Hubo una clara persecución ideológica", asegura hoy Schifrin. "El día del juicio había como 40 efectivos, entre Gendarmería y la policía de Río Negro. Y desde adentro del juzgado sacaban fotos y filmaban a la gente que estaba afuera", señala.

El apoyo que tuvo la profesora por parte de la comunidad barilochense fue fundamental para difundir el caso. "Yo no sabía que iba a venir tanta gente al juzgado. En un momento hubo como 400 personas en la puerta. Y eso también ratifica que mi decisión estuvo bien".

"Además -expresa- con la solidaridad de la gente se reflotó toda la lucha, porque el reclamo por la escuela pública sigue más vigente que nunca".

Justamente, la defensa de Marina Schifrin argumentó que hay ciertos derechos constitucionales -como el derecho a la educación pública y a peticionar a las autoridades- que en ocasiones deben prevalecer sobre el derecho al libre tránsito, pues se trata de garantías que apuntan a la protección de los más básicos derechos económicos y sociales.

No obstante, ni el juez Moldes ni la Cámara de Casación lo entendieron así. "Son mentalidades muy obtusas -apunta la docente-. Para ellos, 'el que entorpeciere o estorbare el tránsito' va a prisión. Se quedan en la letra porque les conviene. No tienen muchos argumentos, sólo poder".

"Incluso el fiscal no pidió prisión en suspenso, sino prisión. Pero cuando lo hacía, no me podía mirar a los ojos porque sabía que esto era persecución ideológica", cuenta Schifrin, que además estuvo a punto de ser embargada por $10.000: "No lo iban a poder hacer porque no tengo esos bienes. Pero estaba firmado por los jueces, fue una apretada terrible".

Esta no fue la única intimidación que sufrió la docente durante todo el proceso: "Por ejemplo, para notificarme de que iba a juicio, apareció en mi casa un jeep con cuatro gendarmes -recuerda-. Me dolió mucho que le afectara a mi familia, a mis hijos".

"Pero no me arrepiento de lo que hice -destaca Schifrin-. Los requerimientos de participar te van llevando a situaciones a las que no me voy a negar aunque haya una justicia tan represiva".

Y agrega: "Me parece que desde el campo popular tenemos que ser menos previsibles y salirnos del cálculo que tenga el poder. Porque en cuanto se la peleás, a los tipos los empezás a desarmar".

Parte de esa pelea implicó hacerle llegar su caso a Robert Goldman, el representante de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que visitó nuestro país el último agosto. "Si esto no sale bien en la Corte Suprema, iremos ahí", afirma Schifrin. Aún no le corre la sentencia de Moldes, pues la condena no está firme mientras se esté apelando. "Por ahora estoy más libre que si hubiera pedido la "probation"", ironiza.

Pero la docente barilochense hace hincapié en que es necesario enfrentar la judicialización de la protesta "desde la unidad del campo popular".

"Hoy en cada corte de ruta se está procesando a tres o cuatro personas. Es gente humilde a la que no le van a dar la posibilidad de "probation" y que no tiene asesoramiento jurídico -advierte Schifrin-. Y esa gente hoy está desamparada".

(*) Prosecretaria de Prensa de la APDH La Plata

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