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Guerra y sociedad
Por Julio Poce (*)
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Resulta inconcebible que a la altura de la evolución alcanzada por la sociedad planetaria, se inicie el siglo XXI con un terrible atentado, el de las torres gemelas de Nueva York, que provocó la muerte de miles de inochetes, y que pese a la nefasta experiencia del siglo pasado la civilización enfrente la posibilidad de una nueva guerra y sus consecuencias, pues un conflicto en un lugar remoto como Afganistán puede derivar hacia una imprevisible y gigantesca conflagración, dado que el sistema vigente no opera muy racionalmente.
Es que en la sociedad actual aún persisten odios tribales, conflictos étnicos y políticos, intereses espúreos y problemas de supervivencia que pueden conducir a nuevas guerras, que sólo ayudarán a destruir la ecología y aniquilar vidas humanas. Ya bastante tenemos con librar guerras personales para subsistir, como lo son el ganarse la vida, cuidar la familia y afrontar las enfermedades.
Si bien las naciones del mundo se han tornado cada vez más interdependientes y sus economías se globalizaron, esta es una simplificación engañosa. Pues muchos países se hallan subordinados a las políticas establecidas por otros más poderosos o más concentrados.
No existe un razonable equilibrio y en consecuencia muchos estados carecen de justicia distributiva o experimentan procesos de desmantelamiento.
La velocidad del ritmo de las sociedades actuales hace que los políticos se vean cada vez más apremiados a tomar decisiones sobre temas que conocen cada vez menos y esto conduce a la gente a concepciones particulares acerca de la organización social. Por otra parte, no son iguales las necesidades del primero, segundo o tercer mundo, situación que genera fuertes tensiones.
Es evidente que una mayor diversidad de pueblos debería participar en la conformación de un futuro donde se contengan las plagas de la pobreza, el hambre, la enfermedad y la guerra; la manera de afrontar estas amenazas determinará la vida o muerte de nuestros descendientes.
Debemos pergeñar acciones que se opongan a las guerras, empleando armas intelectuales que obliguen a los poderes a aplicar políticas tendientes a evitar las contiendas y moralizar acerca de sus consecuencias. Debe ser la ética la que opere como pararrayos de las pasiones humanas.
Sobrevivir en el siglo XXI requerirá de entendimientos y nuevos vínculos sociales a nivel planetario.
Pese a tanta adversidad, se perciben, sin embargo, cambios humanitarios que indicarían que no todo está perdido.
(*)
Miembro del Consejo de Presidencia de la APDH La Plata
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